
Lo que cupiera en una maleta
Milagros vino de Venezuela buscando principalmente una mejora para la salud de su esposo, quien estaba empeorando preocupantemente de su enfermedad crónica.
Soy Milagros, soy venezolana, tengo 51 años y soy licenciada en administración de empresas en mi país. Tengo una familia formada, 23 años de casados, 2 hijos, el mayor es estudiante de la carrera de medicina, el menor aún en formación de bachillerato, nuestra casa, nuestro carro, una familia abrazada por la solidaridad y mucha unión.
Pero por esas cosas del destino estoy aquí, de esas que uno dice: “Uno propone y Dios dispone”.
Mi esposo, además de tener una discapacidad visual total, pasó a ser paciente renal en diálisis y ya con 8 años cumplidos en ese tratamiento, últimamente su estado de salud iba en desmejora. Es allí donde surge una esperanza, ya que muchos pacientes renales que lograban venir a España su calidad de vida mejoraba notablemente y de esas noticias que llegaban allá a Barquisimeto, Venezuela, nació ese rayito de luz para nosotros.
Empiezan a nacerle dudas, inquietudes y le surge la idea de también venirse y me pregunta: ¿Tú eres capaz de acompañarme para irme a España?
Y mi respuesta fue “Mi amor, si es de Dios será; lo único que te pido es que yo no quiero dejar a mi hijo menor”.
Y se empieza a darle forma a un viaje para 3. No fue fácil. Hubo que comprar 3 pasaportes, 3 pasajes de avión y traer algún dinerito extra. Luego de tener apenas planificado nuestro viaje, nos tocó resumir toda nuestra vida a lo cupiera en una maleta y la trajimos llena de sueños y esperanzas de un futuro mejor para él y toda nuestra familia.

Dejamos atrás a la familia, mi hijo mayor se quedó estudiando medicina. Dejamos también todas nuestras cosas y nos tiramos a la aventura. Llegamos a Caracas, la capital de Venezuela, después de 8 horas de carretera llena de adrenalina por no saber si lográbamos llegar a tiempo para abordar el avión y, después de una despedida llena de mucha emoción y de lagrimas, conseguimos montarnos al avión que nos trajo hasta Madrid.
Desde allí tomamos un tren para Cáceres, en la Comunidad Autónoma de Extremadura. Comenzamos nuestro camino allá, buscamos ayuda de Cáritas y de Accem, lo que tardó en llegar un mes, mismo que tardó en salir el documento de la carta blanca de protección, imprescindible para recibir la ayuda. Y como Dios y la Divina Pastora nos ponen ángeles terrenales, estuvimos bajo la protección de Cáritas hasta que llegó el documento.
Cuando lo tuvimos, fuimos a Accem, que ya tenían conocimiento de nuestra situación y ese mismo día por la tarde tuvimos respuesta positiva. Nos informaron de que teníamos la acogida, pero que no sería en Extremadura sino en Andalucía, en Córdoba. Después de unos días de trámites, estaba resuelto y llegamos a Córdoba justo el día del cumpleaños de la madre de mi esposo.
La vida de un inmigrante no es para nada fácil, nadie sale de su país porque quiere pues lo hace empujado por las diferentes necesidades que tiene cada persona, algunos huyen de la guerra, otros para proteger sus vidas, otros por encontrar mejoras económicas para ellos y su familia; Nosotros lo hicimos buscando la salud para mi esposo. Cada quien tiene su propia cruz a cuestas.
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