
LA SALUD MENTAL COMO EJE ESTRATÉGICO EN LA TRANSFORMACIÓN DE ACCEM
Apostamos por un modelo basado en derechos, contexto y comunidad
Desde Accem nos encontramos inmersos en una profunda renovación que engloba diferentes aspectos de nuestra identidad como organización que trabaja por el desarrollo social, protegiendo los derechos y la dignidad de las personas. En esa transformación, consideramos que la salud mental es un pilar fundamental en nuestro trabajo. En este sentido, el modelo de atención a la salud mental de Accem es el resultado de un amplio y profundo proceso reflexivo que busca situarla en el núcleo del trabajo de acompañamiento que desarrollamos junto a personas en situación de vulnerabilidad social.
El prisma de trabajo de la salud mental en nuestra organización reconoce la importancia que los factores sociales, políticos, medioambientales y materiales tienen en el desarrollo del bienestar integral de las personas. La interrelación entre todas estas variables es esencial para el contexto en el que se producen los acompañamientos de los profesionales y equipos técnicos que trabajan con las personas usuarias de Accem.

Una de las principales características del modelo de Accem es la concepción integral y transversal de la salud mental, situándola en todas las áreas y procesos de la entidad y evitando limitarla a los ámbitos estrictamente sanitarios o a la intervención de profesionales especializados.
Con la puesta en marcha de esta nueva realidad, la responsabilidad de cuidar la salud mental se comparte entre todas las áreas de actuación y los equipos organizativos que conforman Accem. Esto implica que la salud mental se sitúa en el centro de diversas prácticas cotidianas, con el objetivo de ofrecer un acompañamiento basado en el respeto, la cercanía y la continuidad, influyendo positivamente en la manera en que se desarrolla la atención clínica y técnica especializada.
El abordaje hacia la salud mental se realiza desde cuatro cuestiones fundamentales. En primer lugar, desde la defensa de que la salud mental es un derecho básico que debe garantizarse para todas las personas, desde un punto de vista ético y de justicia social. Por otro lado, teniendo en cuenta los determinantes contextuales, psicosociales y materiales que condicionan la vida y el bienestar de las personas. También se reconoce la importancia de la formación y del bienestar emocional de los equipos, por su papel fundamental en la intervención. Finalmente, el modelo apuesta por un enfoque comunitario e inclusivo que promueve la participación, el apoyo mutuo y la construcción de redes comunitarias como elementos clave para una salud mental sostenible.
Los enfoques de intervención social destacan la necesidad de incorporar una perspectiva interseccional que tenga en cuenta factores como el género, la etnia, la clase social, la orientación sexual y otras dimensiones de desigualdad. Considerar estas variables permite desarrollar actuaciones más eficaces y alineadas con un modelo centrado en la persona, capaz de reconocer la complejidad de cada trayectoria vital.
Asimismo, la atención integral se configura como un elemento clave en los procesos de acompañamiento. La labor coordinada de equipos multidisciplinares favorece el desarrollo personal, mientras que la implicación activa de la comunidad y el trabajo en red se consolidan como pilares fundamentales para promover la inclusión social.

En este contexto, la calidad de los vínculos y del trabajo en los equipos de intervención adquiere especial relevancia. Las relaciones que se establecen influyen directamente en el bienestar emocional y la salud mental tanto de las personas usuarias como de los propios profesionales, reforzando la necesidad de entornos laborales saludables y colaborativos.
De igual modo, el autocuidado profesional se presenta como una práctica imprescindible. La intervención con colectivos en situación de vulnerabilidad, frecuentemente marcada por relatos de sufrimiento, exige implementar estrategias orientadas a prevenir el desgaste emocional y a promover el bienestar dentro de los equipos.
Por último, la incorporación de una perspectiva transcultural resulta esencial en contextos sociales diversos. Reconocer, respetar e integrar las competencias culturales permite ofrecer un acompañamiento más sensible y adecuado a personas provenientes de distintos entornos socioculturales, favoreciendo procesos de intervención más inclusivos y eficaces.
En definitiva, la salud mental en nuestra organización se consolida como un eje transversal que impregna toda nuestra intervención social y refuerza el impacto transformador de nuestro trabajo en las personas a las que acompañamos. Integrar esta nueva perspectiva no solo nos permite atender de manera más global las necesidades individuales, sino también generar entornos de apoyo, respeto y dignidad que favorecen procesos reales de inclusión y autonomía.