Yo no soy uno de ellos

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Ha llegado Juan José al punto de recogida. Cerca de 50 años, quizás alguno menos. Está preocupado. La noche anterior no apareció y ha perdido su derecho a cama en el albergue al no poder sellar la tarjeta semanal. Explica sus motivos. Le salió un trabajillo, por la noche, a través de unos conocidos, en algo de hostelería. No están las cosas para desaprovechar oportunidades precisamente. Por eso no pudo venir.

Juan José no lleva mucho tiempo en la calle, una temporada. Primero perdió el trabajo, después la casa. Es una crisis que está tratando de remontar. Nunca antes se había visto en esta situación, nunca se imaginó que se vería. Pero aquí está.

Lleva consigo una pequeña maleta. Intenta mantener un aspecto arreglado, se esfuerza cada día en buscar trabajo y sabe que la imagen resulta importante. Está llamando a todas las puertas que se le ocurren, agotando opciones. Su chaquetón, aun desgastado, todavía sirve. Debajo, una camisa a cuadros, de franela. Los zapatos, sí, llevan muchas leguas en sus suelas. Barba de una semana; el cabello que empieza a vencer la ley de la gravedad, comienza a estar largo.

A la vista está que Juan José transita territorios fronterizos.

Está cansado, pero su cabeza está lúcida y sus palabras salen al aire fluidas y coherentes, con vehemencia. Está nervioso ante la perspectiva de no poder dormir esta noche en el centro de acogida al haber faltado la noche anterior. Por el momento no le queda más remedio que esperar.

El perfil de Juan José es prioritario en el trabajo social con personas sin hogar. Personas que llevan menos de un año viviendo en la calle. Son los nuevos. Es muy urgente trabajar con ellos. Es cuando más posibilidades existen de revertir la situación, de superar esa crisis, de evitar esa palabra que utilizan los técnicos y que tan mal suena: cronificación.

Hay que impedir que personas como Juan José se vean absorbidas por el agujero negro de la vida en la calle, por esa espiral de adicciones, desgaste físico y deterioro de la salud mental. Si el tiempo avanza y las cosas no cambian cada vez será más difícil salir. Es fundamental que existan los recursos y programas sociales necesarios para ayudarles a salir del bache. Es esencial el rescate.

Mientras esperamos la llegada del autobús y la noche se va haciendo más fría, Juan José me muestra algo que se convertirá en norma en todas las conversaciones. Una paradoja compartida. Juan José se siente un extraño entre este grupo de desconocidos que se agrupan en la madrileña estación de Atocha en busca de una cama en la que dormir a resguardo del frío. Él no es uno de ellos.

Para él es muy penoso verse en esta situación. No tiene nada en contra de esta gente, me aclara en voz baja, pero él es distinto, no pertenece a este mundo, él nunca estuvo así, él ha caído en una mala racha, por perder el trabajo, por tener deudas, por un mal momento personal. Y verse así, aquí, en esta espera, en las mismas camas, en el mismo centro… No, definitivamente esto no es para él.

Nos volveremos a encontrar con Juan José dentro de algunos días. Esta noche las cosas se arreglarán y conseguirá cama, dormirá bajo techo en el centro de acogida de Vallecas.

 

Los más vulnerables son la prioridad

Tantas historias que escuchar como personas se juntan esperando el autobús que vendrá a recogerles para llevarles a la nave que sirve de centro de acogida en un polígono industrial de la periferia de Madrid.

Entramos en la recta final de marzo. Con el mes terminará un año más la Campaña del Frío, el dispositivo que cada invierno pone en marcha el Ayuntamiento de Madrid para reforzar la asistencia a las personas que duermen en la calle en la ciudad. Se espera que el frío comience a irse, pero con el frío, e incluso antes, se irá la posibilidad de una cama. Volver a dormir en la calle. Es el tema de conversación, es la preocupación común.

Por fin, llega el autobús. Es un vehículo articulado, de la EMT (Empresa Municipal de Transportes), con suficiente espacio para que puedan subir sus pertenencias, que a veces son abultadas maletas o mochilas.

Junto al conductor, tres trabajadores del equipo de Accem están de pie, con unos papeles en la mano y algún bolígrafo. Ellos controlan todas las plazas disponibles en los centros de acogida. Deben calcular cada noche sobre la marcha si sobran o faltan plazas. Deben coordinarse con el Samur Social, el dispositivo de atención social de urgencia del Ayuntamiento de Madrid, para saber qué plazas están disponibles en el resto de centros y recursos que forman parte de la red estable de atención a las personas sin hogar.

En una noche como ésta, en la que está activada la alerta por frío extremo, cuentan además con la opción de utilizar, si se hace necesario, una serie de plazas en pensiones y hostales que el Ayuntamiento tiene previstas para que todo aquel que acuda a los puntos de recogida pueda dormir bajo techo.

Tras completarse las plazas del centro de acogida de Pinar de San José, en el distrito Latina y con capacidad para 150 personas, llega el turno de organizar las plazas en el centro de Vallecas, de 130 plazas. Cada noche el objetivo es el mismo: hacer encaje de bolillos para procurar que nadie se quede en la calle. La diferencia entre dormir a la intemperie o en un centro, una noche cualquiera, para una sola persona, es importante.

Y no es un trabajo sencillo. Hay días en los que faltan plazas. Y son ellos quien deben decir quién sí y quién no, quienes tienen que hacer la selección y poner la cara a la falta de suficientes recursos de acogida para todas las personas que viven en la calle en una ciudad como Madrid. Deben mantener los criterios organizativos, la vigencia de las tarjetas semanales, hacer respetar las posibles sanciones que se hayan impuesto y, finalmente, cuando la demanda de camas sea mayor a la oferta, tienen que decidir quién está necesitando más esa disputada cama con varios pretendientes. Por último, les tocará lidiar con las reacciones que sus decisiones puedan generar.

Las mujeres, las personas mayores, los nuevos, como Juan José, que llevan menos de un año en la calle, son las prioridades en el trabajo social de atención a las personas sin hogar. Por la situación de especial violencia a la que pueden enfrentarse las mujeres; por la vulnerabilidad de los mayores; y por la necesidad de intervenir urgentemente e impulsar hacia la orilla a los que recién han caído en la vida en la calle.

Pero en un programa como la Campaña del Frío, de asistencia humanitaria, destaca un criterio más: tendrán especial prioridad aquellas personas que peor estén, más deterioradas, aquellas para las que se detecte que una noche helada podría ser fatal.

Por fin el autobús articulado de la EMT parte en dirección al centro de acogida de Vallecas para realizar el primero de los dos viajes que hará hasta completar las plazas disponibles.

Texto: Santiago Gómez-Zorrilla
Fotos: Lorena Sainero

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