Una vida abierta de par en par

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Miki quiere contarnos su historia. Miki nos abre las puertas de su vida. Tiene acento del sur, pero se sienta esta noche a la mesa del centro de acogida a personas sin hogar de Vallecas.

Miki se crió en una barriada de Huelva, en una de esas zonas rojas, en uno de esos puntos calientes en los que las agujas de la droga estaban bien afiladas y a muchos se los llevó por delante. Como a su padre, como a su tío y como a su tía, que también murieron “de la porquería”, de la heroína.

Acabó por dejar el barrio y cambió de aires en busca de nuevos rumbos; así llegó a un pueblo de Sevilla, en el que vivió por algún tiempo con su primo, “un pueblo que siempre ha visto mucha agricultura, en mitad del camino por el que pasan siempre las carrozas en dirección al Rocío”.

“Estos años y años para atrás se están quedando sin agricultura, la poca que hay es para la gente del pueblo”, para que puedan acumular las jornadas de trabajo necesarias para cobrar el paro cuando se termina la temporada. “Está muerto ya, antes había recolecta de patatas, se cogía a mano, hasta que lo hicieron máquinas, la cogían a máquina, ahora ya no hay nadie que vaya a coger la máquina, la coge uno solo, en fin, que el pueblo está muerto”.

Y Miki un día se marchó del pueblo sin despedirse: “No aguantaba más la situación de no estar trabajando ni nada”.

Pero su relato, como el de Alfredo, como el de Abdel, como el de Juan José, como el de Joâo, no es tampoco ordenado, lineal. Es un relato de capítulos desordenados, desparramados por el suelo y recogidos después aceleradamente, sin tener en cuenta su numeración.

 

Cuando el barrio te marca

Retrocede en el tiempo.

“Mi madre murió en el año 96 ó 97, y en el 98, con 16 años recién cumplidos me vine para acá, para Madrid; he ido, he vuelto, la última vez este enero”, cuenta Miki.

Se marcha más atrás y cuenta cómo unos tíos suyos le adoptaron cuando era pequeño, porque “mi madre estaba enferma, para que no tuviera problema con Asuntos Sociales, y yo siendo pequeño iba a mi barrio, a visitar la casa, a mi madre, que me decía que iba a tener pronto una casita nueva”.

Llegaron los problemas con los estudios, “porque a veces no podía ir al instituto, porque tenía que cuidar a mis sobrinos, porque mi tío tenía movidas, para buscarse la vida, y entró dentro (en la cárcel), entonces no me quedó más remedio que faltar al instituto, ayudar a mi tía”.

“Todo esto me hacía a mi no querer estar en el barrio”, reconoce Miki.

Barrios que marcan, barrios que pesan. Ganas de correr ligero. Aire para respirar.

Aún así acabó por conseguir sacarse la FP (Formación Profesional) de hostelería y, más tarde, años después, en una escuela de adultos, el graduado escolar.

“Claro, me eché una chavalita fuera del barrio, porque es difícil en el barrio salir de ese círculo. La conocí porque su abuela era mi vecina. Entonces yo conocía a gente que me decían que por ahí había trabajo de camarero, de cocinero, y yo me iba para el trabajo. Y me iba pensando en ella, porque yo todo el cariño era ella, por mucho que quería a mis tíos, yo era ella”, cuenta Miki y se le sigue iluminando un brillo lejano en la cara.

Sin embargo, aunque sea una historia que acabó hace muchos años, parece seguir enmarañada en su memoria, atascada entre tiempos verbales que mezclan el pasado y el presente, que se confunden en un tiempo indefinido difícil de concretar.

En el tiempo que duró aquella relación, ella se quedó embarazada dos veces. “Yo tenía 21, ella 19, yo no quería tener un chico tan joven pero tampoco me importaba, porque la quería mucho, yo estaba dispuesto a convivir con ella, a hacer la vida con ella”.

La primera vez decidieron no tenerlo. “No quedó más remedio que buscar el dinero, de la peor manera posible, hice un viaje a Marruecos, con otra gente, me tragué unas cápsulas, unos porros”. “Y se arregló todo”, resuelve.

Pero más adelante, con el tiempo, ocurrió otra vez. “Yo creo que lo hice queriendo, pero ella no quería tenerlo otra vez”, recuerda. “Ella quería un médico de pago y no me quedó más remedio que ir a un chico del barrio y decirle, y me dio ‘una bolsa de caramelos’ y a la calle, con mi motito, la que me compró mi madre, que en paz descanse”. De nuevo en el barrio, buscándose la vida.

Y con lo que pudieron sacar vendiendo ‘caramelos’, se fueron a Sevilla y pagaron lo que tuvieron que pagar. Y él alquiló una habitación a la que ella iba a verle los fines de semana.

cronicas-frio-vida-2De todo esto pasaron ya diez años. Miki tiene 31, pero por momentos parece por la exactitud y los detalles de su relato que fue hace muy poco tiempo, en un pasado muy próximo.

“Estuvimos casi tres años juntos, pero eso se acabó, llegamos a las manos, fatal…”.

Porque Miki también habla de cómo se fueron instalando los celos en la relación, las mutuas desconfianzas, las traiciones, las peleas, los gritos, las faltas de respeto por ambas partes… y, también, los golpes.

En busca de su padrino

Adelanta camino.

En Madrid intenta contactar con alguien. Es una persona que ya le ayudó en el pasado. Una especie de padrino que le ha echado una mano unas cuantas veces, sobre todo para encontrar trabajo. Es un sacerdote, empresario y periodista, en quien confía en que le pueda volver a ayudar.

Este hombre le ha conseguido desde el año 98 más de un trabajo en lo que Miki tiene más experiencia laboral, la hostelería. Además, siempre que trabajó para él, pudo proporcionarle una habitación en la que quedarse. La pega es que en todos esos trabajos le administraban el dinero. “Y claro, eso yo lo llevaba fatal”, admite Miki.

En esta última etapa en la capital aún no ha podido dar con él. Y se le nota preocupado, tal vez porque en el último curro al que le abrió las puertas las cosas no acabaron de la mejor manera y Miki acabó siendo despedido.

Vuelve hacia atrás en el tiempo, para alejarse de esta preocupación, y se marcha hasta el día en el que, siendo casi un chaval, pudo a ir a comprarse la moto, la que le regaló su madre. Y se ríe recordando cómo fue aquello. “Fui con mis amigos del barrio a que me la dieran, con toda la peña, yo esperando la moto, y los demás mientras desguazando otra”.

Y se acuerda de una hermana que tiene, que fue dada en adopción cuando tenía siete años. Fue cuando su madre entró en un centro de atención a drogodependientes y no podía tenerla a su lado. Se encontraron muchos años después, por casualidad, internet mediante. Ahora vive en Málaga, “tiene su niño, tiene su vida, por un lado me alegro de que ella no se haya criado por donde yo, no haya pasado por donde yo”.

O recuerda cuando él también tuvo que entrar dentro, en prisión, “por una pelea que tuve en Málaga con dos hermanos que me sacaron un machete que no te digo nada… y alguna reincidencia que he tenido”.

Y vuelve al inmediato presente. Al otro día, que venía por la madrileña calle de Embajadores, quería hacer tiempo para comer y hacía frío. “Y digo, voy a la cancha que hay en Lavapiés, echo unas canastas con los chavales, y por lo menos se me quita el frío”. Pero entonces apareció en tromba un montón de gente que venía del instituto al tiempo de recreo, “que tenían 15 ó 20 minutos para jugar al futbito, me puse ahí con toda la basca a jugar al fútbol, terminé sudando y lo pasé de puta madre, no creí que iba a marcar, pero marqué un golito al final y toda la peña gritando”. Y ese rato le alegró el día. Y vuelve a aparecer ese brillo en su cara que ya le salió antes al hablar de su antigua novia.

A la suerte hay que ir a buscarla

cronicas-frio-vida-3Pero Miki no sólo vive de recuerdos, felices o tristes. Miki está muy activo y con peor o mejor suerte y con peores o mejores cartas se recorre las calles a diario con las copias de su currículum a cuestas. Puede que su cara esté marcada por las huellas de su barrio, de la mala vida, pero no desiste, y se sigue pateando bares y restaurantes, para dejar su currículum.

Su empeño no es en vano. Esta mañana temprano ha venido un hombre al centro de acogida, buscando a alguien para trabajar, le ha avisado un trabajador social, se ha vestido rápidamente y para allá se ha ido. Ha estado todo el día recogiendo cartones, recorriendo los mercados de Madrid. “Hay que ser rápido, hay que organizarse, hay muchos tipos de cajas, hay que separarlas, hacer paquetes”, relata. En la última estación del día, en Mercamadrid, mientras esperaban a que llegara un tráiler, el jefe le ha dicho que ha trabajado bien. Miki está contento. Con los doce euros que ha ganado de nueve de la mañana a diez de la noche.

Mañana a la misma hora vienen a buscarle.

Ha tenido suerte, está agradecido y dispuesto a trabajar duro. En unos días se acaba el dispositivo de Accem y el Ayuntamiento de Madrid para dar acogida a las personas sin hogar durante los meses del invierno. “El hombre me ha dicho que cuando termine esto que no me preocupe, que tengo donde dormir. Mañana me va a comprar un pantalón y una chaqueta para trabajar”.

Miki espera volver a trabajar en lo que más le gusta, de ayudante de cocina, o de camarero. “Pero ahora tengo que estar aquí, tranquilito, situarme, trabajar” y ya se verá después. “Tengo que valorar lo que hace este hombre. A mí me vale, que yo no tengo a nadie a quien mantener”.

Él es también de los que prefieren moverse solos, para buscarse la vida, para salir de la vida en la calle. “La Biblia dice que si un ciego guía a otro se caen los dos por el mismo precipicio”, explica.

“En un año me gustaría verme en un piso propio, un estudio mínimo, con un trabajo en condiciones, con contrato, y haciendo la vida como todo el mundo, por el buen camino”.

“Porque la vida decimos que es corta pero en realidad yo creo que es larga y dura, pero hay que aprovecharla”. Las palabras de Miki. Su vida, su historia.

Texto: Santiago Gómez-Zorrilla
Fotos: Accem

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