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El éxodo de Achraf

La historia de Achraf (nombre ficticio) es una entre tantas historias vividas por personas que abandonan sus países de origen. Niños y niñas que dejan atrás a sus familias y se embarcan en travesías migratorias que, aunque peligrosas, sienten que les aleja del ostracismo, de la persecución y de la muerte.

Mi infancia en Mauritania

Me llamo Achraf y nací en Zuerat, una ciudad del norte de Mauritania. Vivía con mis padres y mis catorce hermanos. En el barrio vivían también mis tíos y primos. Éramos muchos y no tuve la atención total de mi madre… no tenía para dar a todo el mundo.

Con mi padre no había comunicación. Trabajaba en una mina de hierro por muy poco dinero y recuerdo que había muchos problemas porque mucha gente moría en ese trabajo. Mi madre estaba en casa, en silla de ruedas, y venían a veces los abuelos y las tías… toda la familia vivíamos en el mismo sitio. Éramos pobres, no teníamos nada, solo lo básico, pero no hasta el punto de pasar hambre. El agua la traíamos de una fuente de fuera, no teníamos agua en casa. Si queríamos algo, no podíamos comprarlo. No podías comprar cualquier cosa.

Cada uno hacía lo que quería, y la mayor parte del tiempo estábamos jugando. Tenía amigos, pero no jugaba mucho con ellos. Mis amigos eran mis primos; no tenía amigos fuera. A la escuela no fui… como era árabe me mandaron a aprender el Corán a un sitio que es como un aula a la que va la gente para aprender, pero no a una escuela.

Todo era normal, salvo porque mi hermano estuvo abusando de mí unos siete años. Se lo conté a mi madre, pero ella quería proteger más a mi hermano que a mí. No quería que tuviera consecuencias, aunque tampoco podía hacer nada, estaba enferma.

Desde los ocho años viví en un miedo continuo, siempre tenía miedo de que la gente se enterase de lo que mi hermano hacía… La orientación sexual era algo peligroso. Recuerdo que te podían perseguir e incluso matar, te podían matar incluso si solo hacías algún gesto raro. Y la persecución era tanto por la policía como por el entorno, por la comunidad. Era algo prohibidísimo. Si se llegaban a enterar de lo que me hacía mi hermano podrían matarle.

Cuando era pequeño había algo raro con los demás, pero yo intentaba siempre no darles motivos ni enseñarles cuál era mi orientación sexual. Elegí separarme del resto después de lo que me pasó con mi hermano. Me perjudicó psicológicamente. Preferí estar apartado de todo el mundo. Tenía miedo a que alguien me viera, se me acercara y quisiera algo de mí también, o me tratara mal… siempre me alejaba.

Estuve hasta los 12 años en mi pueblo. La gente con poder hacía lo que quería… y la que no, pues tenía que tragar. La gente trabajaba por muy, muy poco dinero. Teníamos un ambulatorio pequeño con un médico, pero no era un hospital… aunque estábamos todos sanos, ¡gracias a Dios!

En mi familia éramos musulmanes practicantes. Yo vivía mi espiritualidad. Soy musulmán y soy muy creyente, porque creo que Dios me ha ayudado muchísimo en mi vida. A mí nadie me ha dado nada. Es gracias a Dios que sigo aquí. Sé que en la religión la homosexualidad está prohibida, pero si Dios quiere que haya sido así, soy así.

El comienzo del éxodo

Yo tenía un amigo, que era mi primo. Y cuando tenía doce o trece años, el mismo juego que hacía mi hermano conmigo, yo lo hacía con mi amigo. Pero era consentido por los dos. Un día, cuando estaba jugando con él, nos pegaron en la cabeza. Casi nos matan. Entonces decidí irme de casa. La gente empezó a enterarse y por eso me fui sin decir nada a nadie. Me marché con mucha amargura. Allí nadie sabe si sigo vivo o estoy muerto.

Cogí un tren a Nuadibú, aunque en ese momento no sabía el destino. Solo quería huir de ahí. Estuve mucho tiempo viviendo en el puerto, de las limosnas de la gente. Abusaron de mí también, muchas veces. Muchos hombres me decían: “te voy a ayudar, te doy cariño, te ayudo…”. Pero el objetivo era el sexo.

Un día decidí que quería salir de ahí. Subí a un camión que salió por la mañana y, por la tarde, ya estaba en Marruecos. Nunca más he vuelto a mi país.

Llegué a Dajla, una ciudad al sur de Marruecos. Las ciudades del sur de Marruecos son muy similares a Nuadibú. Yo podía pasar por marroquí, porque el acento era muy similar… Como era verano, dormía en la calle.

En Marruecos me empecé a juntar con gente con mi misma orientación sexual. Pero la situación fue el mismo infierno porque la posición para los homosexuales allí también es muy mala: no puedes pedir ayuda. Si hubiera pedido ayuda me habrían atacado y encima me habrían dicho que la culpa es mía. No puedes decir que eres homosexual ni que te quieren violar o que te han violado. Lo bueno es que había un apoyo entre las personas que estábamos juntas en la calle.

Después de Dajla me marché a El Aaiún y allí me quedé también en la calle. Nos encontramos con mafias que nos pedían mucho dinero para transportarnos. Nos juntábamos en grupos y nos poníamos a investigar cómo cruzaba la gente para llegar a Canarias. Finalmente pude ahorrar el dinero necesario para ir a Tan-Tan, y de allí acabé en Agadir. Iba sin destino. Sufrí mucho. La gente era violenta. Se imponía siempre la ley del más fuerte.

En Agadir acabé en una estación de autobuses en la que todo el mundo sin hogar se juntaba. En Agadir la gente pagaba por tener sexo. Antes era forzado. Ahora se pagaba por ello. Empecé a fumar colillas del suelo, luego el pegamento… hasta llegar a Marruecos nunca había tomado drogas. En Agadir era obligatorio ir con una pandilla, no se puede sobrevivir solo en la calle. Y como la pandilla con la que iba se metía esto, yo también lo probé. Con esto me olvidaba de todo. No sentía ni hambre, ni soledad. Todos en la pandilla hacíamos lo mismo… todos hacíamos sexo a cambio de dinero o de comida o de droga.

Juventud en Marruecos

Tras algunas otras paradas por distintas ciudades de Marruecos, me quedé tres años en Casablanca. Es una ciudad bastante conflictiva. Un día conocí a un carpintero y le pedí trabajo. Me preguntó: “pero, ¿dónde vives?”, y le dije: “soy del Sáhara, vivo en la calle”. El carpintero me respondió: “no hay problema, vives conmigo”. Este señor era muy bueno y tenía muy buena intención.

Un día conocí a un chico cerca del taller que empezó a venir a verme al local. La madre del chico me invitaba a comer, a subir a casa… El chico me llevó a unas asociaciones de actividades y entonces empezó entre nosotros una relación mucho más estrecha que derivó en amor entre los dos. Nadie sabía nada, ni siquiera el carpintero… hubiera tenido problemas si alguien llegaba a enterarse.

El chico era buen chaval. Estudiaba y yo le acompañaba por la tarde a la asociación: hacíamos teatro e íbamos a clases para aprender a leer y escribir. Su primo también empezó a salir con nosotros. Comencé a comer bien, a dormir bien y la gente me trataba mejor. Después de que el primo viniera mucho con nosotros y nos hiciéramos más amigos, nos dijo: “¡Vámonos a España!”.

Nos escapamos. No le dije a nadie que nos íbamos, ni siquiera al carpintero. Fuimos hasta Tetuán y ahí cogimos un taxi hasta la frontera con Ceuta. Pero antes de cruzar la frontera, nos cogió un policía marroquí. Éramos menores sin papeles… así que nos arrestó y nos metió al calabozo. En la prisión nos pegaron. Si pedías ir al baño, venían y te pegaban. Nos tomaron declaración, pero como no teníamos papeles nos soltaron a los tres.

De ahí fuimos a Tánger, donde pasamos muchas noches durmiendo en un parque en el que se juntaba mucha gente que vivía en la calle y quería cruzar a Europa. Allí apareció el padre del primo de mi amigo, que nos estaba buscando. Se llevó a los dos y yo me quedé solo.

Yo no tenía donde volver. Empecé a trabajar con un pintor y encontré otra pareja, otra persona especial. Con él no fumaba ni bebía. Los problemas de la calle y la noche se acabaron. Intentábamos pasar desapercibidos, pero teníamos miedo… Un día este chico quiso cambiar de oficio, me pidió que le acompañara pero yo no quise. Entonces se acabó. Nos separamos sin problemas. Estuve dos años en Nador, donde encontré otra pareja. Su nombre era Asim. Pasamos buenos tiempos. Nuestra intención era llegar a España y Asim siempre repetía: “que quiero ir, que quiero ir. Tenemos que ir a Europa. Si vamos a Europa podremos vivir más libres, más tranquilos”. Al final conseguimos cruzar a Melilla.

Yo no quería entrar en el CETI porque vivía bien, pero al final sí que entramos. Una noche, durmiendo en la playa, nos cogió la policía y nos llevó al CETI. Pero solo entrábamos a dormir, no vivíamos allí. Nadie me habló en el CETI de la posibilidad de pedir asilo. Creía que solo era es un sitio para dormir y ya está.

Estuve en Melilla más de un año… hasta que, finalmente, pude llegar a Madrid. Asim se quedó en Melilla.

Bienvenido a España

En Madrid, desde CEPAIM me llevaron a una casa con cinco marroquíes. Todo bien, aunque hubiera deseado tener otros compañeros que fueran como yo, porque tenía mucho miedo. Al abogado yo solo le expliqué la etapa de mi hermano, cuando me violó, pero de mi orientación no le dije nada. Me aconsejó que pidiera asilo y, tras realizar la entrevista, me sentí aliviado. Era la primera vez que podía hablar con alguien y que me escuchara. Eran preguntas muy íntimas, pero lo preferí así. Es como que me liberaron de algo que tenía por dentro.

Me derivaron a Burgos. Es una ciudad pequeña y todo el mundo acaba conociéndote. A mí me hubiera gustado estar en un piso con otras personas LGTB porque así me podría comportar como soy y no tendría que hacer esfuerzos. Si no entienden cómo soy, siempre va a haber problemas…

En la primera fase tengo una rutina: me levanto, voy a clases, duermo. En la segunda fase estoy mejor porque conozco a un chico, Mohamed. Ya llevamos tres meses juntos. Mohamed quiere irse a Madrid, porque dice que esto es pequeño. Yo me quiero ir con él. Allí habrá cosas para hacer activismo LGTB y conocer a más gente. En Burgos tengo amigos, pero no saben que soy homosexual.

Gracias a Dios todo ha ido bien, aunque no tengo permiso de trabajo todavía hasta que hable mejor la lengua. Yo quiero trabajar. Quiero estudiar mecánica.

No tengo nostalgia de nadie salvo de mi madre, pero no he vuelto a saber de ella. Soy muy afortunado. Conozco gente que ha vivido vidas mucho peores que la mía. Antes era la ley de la selva y pensaba: “¿cómo me va a ayudar Dios? Si siempre que le pido me da una colleja”. Pero ahora sí pienso que Dios me ha ayudado mucho en mi camino. La vida es dar y recibir. Es así con la gente. La gente muchas veces quiere sacar algo de ti, no es ayuda sincera. Quien me ayuda de verdad es Dios.

Me gustaría quedarme ya en España, tranquilo. Aunque hoy digo España, pero, ¿quién sabe el destino? Ahora no sé el paso que viene después, ni cómo va a ser… Solo Dios lo sabe.

Por Achraf, solicitante de asilo mauritano

La historia de Achraf: cómo sobreponerse a la adversidad

A pesar de las duras situaciones que atraviesa Achraf a lo largo de su vida, una y otra vez consigue sobreponerse a la adversidad. Aunque no contara con el amor y el apoyo incondicional de la familia durante la infancia, el joven mauritano construye a lo largo de su proyecto migratorio varios vínculos afectivos. El establecimiento de estas relaciones constituye un motivo más para seguir, un amor y un apoyo entre iguales que no pudo sentir cuando era niño.

La historia de Achraf nos ayuda a comprender cómo son las vidas y procesos migratorios de muchos niños que huyen de sus hogares por culpa de la violencia y la intolerancia. En su caso, en la República Islámica de Mauritania, la homosexualidad está penalizada con la muerte y está terriblemente considerada por la sociedad. Como niño y como homosexual se vio enfrentado a condiciones aún más duras para poder sobrevivir. Así, Achraf es víctima de una opresión que se ejerce sobre las personas LGTB y sobre las personas migrantes. Pero al mismo tiempo es una persona fuerte y resiliente que ha luchado hasta el último momento para poder llegar a nuestro país.

> Accede al informe de Accem sobre “La situación de las personas solicitantes de protección internacional y refugiadas LGTBI”.

 

20 de Junio – Comunicado de Accem por el Día Mundial de las Personas Refugiadas

ACOGER: CUESTIÓN DE HUMANIDAD Y DE DERECHOS
UN PASO HACIA OTRA POLÍTICA EUROPEA

La habilitación de vías seguras y legales para las personas refugiadas y migrantes
es la única medida que evitará muertes y sufrimiento; acabará con el negocio
de las mafias y devolverá la dignidad perdida a la Unión Europea.

El 20 de junio se conmemora el Día Mundial de las Personas Refugiadas y de nuevo en estos días, después de meses en los que parecían haber desaparecido de la agenda política, social y mediática, se vuelve a hablar de las personas refugiadas. Hablamos de las personas salvadas por el buque Aquarius, 629 personas –por favor, no lo olvidemos–, que navegaban por el Mediterráneo en busca de un puerto en el que encontrar refugio, en el sentido más literal de la palabra.

En el Día Mundial de las Personas Refugiadas, desde Accem saludamos la buena actitud tomada por el Gobierno de España ofreciendo un puerto en el que desembarcar a estas personas que escapan de la miseria, la guerra, la violencia o la persecución. Consideramos que es una decisión en la buena dirección, la que debe poner en primer lugar a las personas y a la salvaguarda de los derechos humanos sobre cualquier tipo de interés político o económico. Creemos que debe ser un primer paso para empezar a revertir y a transformar una política europea insolidaria, restrictiva e indiferente hacia la situación desesperada de miles de personas atascadas a un paso de sus costas.

En este 20 de junio volvemos, una vez más, a reclamar que desde España y desde la Unión Europea se habiliten vías seguras y legales para las personas refugiadas y migrantes. Esa será la única forma de luchar contra las mafias que se enriquecen con el negocio del tráfico de seres humanos. Pero será, sobre todo, la única manera de recuperar la dignidad y ofrecer una respuesta desde la justicia, la solidaridad y la humanidad.

Desde Accem queremos recordar lo que significa habilitar vías seguras y legales, que es sencillamente aplicar los mecanismos legales que ya están contemplados y aprobados en los cuerpos legislativos de la UE y España.

Directiva de Protección Temporal en caso de afluencia masiva de personas: implementar la directiva europea prevista para gestionar situaciones como las llegadas a las costas de los países del sur de Europa. Esta directiva, dirigida a activarse para el caso de personas que ya se encuentran en territorio europeo, prevé la autorización de residencia de un año prorrogable a otro, la redistribución entre los estados miembros y la posibilidad de extensión o reagrupación familiar para las personas acogidas.

Solicitudes de Protección Internacional en embajadas: activar el mecanismo previsto en la ley para que las personas que no pueden llegar a España y han tenido que escapar por causa de la guerra, la violencia o la persecución al país más cercano o limítrofe con el suyo puedan acudir a la sede diplomática española y solicitar su traslado para formalizar una solicitud de protección.

Reagrupación familiar para las personas refugiadas y migrantes: agilizar el procedimiento de extensión familiar y flexibilizar los requisitos para poder llevarla a cabo.

Visados de tránsito: eliminar los visados de tránsito que impiden a aquellas personas que proceden de un país donde está probada la existencia de una situación grave de conflicto la permanencia en el territorio nacional.

Reasentamiento: aumento y cumplimiento de los cupos establecidos en España para las personas necesitadas de protección internacional que se encuentran atrapadas en campos de refugiados de países limítrofes a los que los generan.

Es a este conjunto de medidas a lo que llamamos genéricamente vías seguras y legales. Existen y están previstas en la ley. Únicamente es necesario activarlas, y eso requiere tomar una decisión política en una dirección que acabe con tanto sufrimiento, tantas muertes y tanta miseria moral en esta fortaleza indiferente en que se ha convertido la Unión Europea.

 

Accem, 18 de junio de 2018

Londres2017: Mo Farah, refugiado, leyenda y extraterrestre

Mohammed ‘Mo’ Farah volvió a hacerlo. El pasado viernes 4 de agosto acabó con la conjura de todos sus rivales ansiosos por batirle y volvió a proclamarse en Londres campeón del mundo de la prueba reina del fondo, con permiso del maratón, los 10.000 metros.

Una rutina de medallas de oro y títulos europeos, mundiales y olímpicos en la que vive desde el año 2010 en el deporte por antonomasia, el atletismo, en el que se trata de correr más rápido, saltar más (a lo largo o a lo alto) y lanzar más lejos, el deporte en estado puro, al que se referían, allá por 1896, en la inauguración en Atenas de los primeros Juegos Olímpicos de la historia moderna, las célebres palabras del barón Pierre de Coubertin: Citius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte).

En una prueba dominada de forma aplastante por los atletas africanos en los últimos 30 años, y particularmente por los deportistas etíopes y kenianos, Mo Farah encadenó en Londres su tercer campeonato mundial consecutivo, títulos que se entrelazan con sus flamantes medallas de oro en los Juegos de Río de Janeiro (2016) y, de nuevo, Londres (2012). Sin hablar ahora de su análogo dominio en la hermana pequeña de la prueba, los 5.000.

Mo Farah, nacido en Mogadiscio (Somalia) en el año 1983, corre defendiendo los colores de la bandera del Reino Unido y no los de su país de origen. Es por esto por lo que hablamos hoy de él en la web de Accem.

Con solo ocho años de edad, Mo Farah tuvo que dejar su país, Somalia, como refugiado, ante el progresivo deterioro de las condiciones de vida y la inseguridad creciente que se vivía en su capital, Mogadiscio, con cada vez más frecuentes asesinatos y secuestros. Desde principios de los 90, este país del Cuerno de África ha vivido entre un conflicto armado casi permanente y la total falta de garantías para vivir una vida digna. Cientos de miles de personas han muerto y se han exiliado desde entonces.

Farah escapó primero al vecino Djibouti y después al Reino Unido, para establecerse en Londres con su padre y dos de sus hermanos. Su padre, según recogía en 2010 un reportaje del diario británico The Independent, había nacido y había sido criado allí, lo que facilitó que Farah pudiera refugiarse en Inglaterra escapando del caos en el que se sumergía su Somalia natal.

Su historia desde entonces se ha contado muchas veces. Fue un profesor de educación física llamado Alan Waltkinson quien se fijó en las aptitudes del joven refugiado. Mo Farah comenzó dedicándose al cross hasta progresivamente instalarse en las dos pruebas de las que ha sido el gran dominador en los últimos años, los 5.000 y los 10.000 metros.

Hoy en día Mohamed Farah es la estrella indiscutible del atletismo británico, hasta el punto de haber sido nombrado Caballero de la Orden del Imperio Británico por la reina Isabel II en el pasado mes de diciembre en una ceremonia en la que el corredor de fondo compartió honor con el tenista escocés Andy Murray.

No todos los refugiados podrán correr tan rápido como Mo Farah y contar una historia de éxito rotundo como el atleta de origen somalí. Tampoco hace falta. Su caso es excepcional. Lo que no es excepcional es la historia de una persona refugiada escapando del horror, del riesgo para su vida, de la inseguridad, y buscando, llena de esperanzas, una vida mejor, en la que conseguir sus sueños, en las que crecer y desarrollarse y aportar su valor y sus capacidades a la sociedad a la que llega. En esto la vida de Mo Farah no es sino la vida de un refugiado más.

También, como tantas personas refugiadas en el mundo, se ha visto enfrentado, más tarde, incluso mucho más tarde, a obstáculos complicados, como el estigma y la incomprensión, porque lamentablemente las dificultades para una persona refugiada no terminan con su llegada a un lugar seguro de acogida.

Desde el año 2011 Mo Farah vive en los Estados Unidos con su esposa y sus cuatro hijos. El pasado mes de enero, el presidente electo de este país, Donald Trump, firmaba el decreto por el que declaraba proscritas a las personas nacionales de siete países, entre los que se encontraba Somalia, a quienes prohibía la entrada al país.

Mo Farah en ese momento se encontraba fuera de los EE.UU., entrenando en altura en Etiopía. Su reacción fue inmediata, a través de su página de Facebook y tal y como recogieron numerosos medios de comunicación. Preocupado por su situación, y por la de tantas personas como él, quiso manifestarse y expresar:

“Soy ciudadano británico y vivo en los Estados Unidos desde hace seis años, trabajando duramente, contribuyendo a la sociedad, pagando mis impuestos y criando a nuestros cuatro hijos en el lugar que ellos llaman hogar. Ahora a mí y a otros muchos como yo nos están diciendo que no seremos bienvenidos. Es profundamente preocupante que yo pueda tener que decir a mis hijos que papá quizás no pueda volver a casa para explicar por qué el presidente ha introducido una política que nace de la ignorancia y el prejuicio”.

“Fui bienvenido en Gran Bretaña desde Somalia a los ocho años de edad y me dieron la oportunidad de triunfar y realizar mis sueños. Estoy orgulloso de representar a mi país, de ganar medallas para el pueblo británico y del honor más grande de ser nombrado caballero. Mi historia es un ejemplo de lo que puede suceder cuando se ponen en marcha políticas de compasión y comprensión y no de odio y aislamiento”.

“El 1 de enero de este año Su Majestad la Reina me hizo caballero del reino. El 27 de enero, el presidente Donald Trump parece que me ha convertido en un extraterrestre”.

Refugiado, leyenda del atletismo y sí, extraterrestre parece, pero superando carrera tras carrera a todos sus rivales a toda velocidad, después de llevar diez kilómetros corriendo.

 

 

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