Retratos fugaces 1

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Abdel

Se acercan las doce de la noche en el centro de acogida de Vallecas. A esa hora las luces se apagan y todo el mundo se queda en su cama. Progresivamente, se irá instalando el silencio en la nave. En una mesa, solo, mirando a la pared, termina de cenar Abdel. 

Abdel llegó a España a principios de los años 80 para continuar sus estudios universitarios de Pedagogía. Se expresa muy bien en castellano y maneja un vocabulario amplio y rico.

“Yo soy un buen lector. Gasté mucho dinero en libros, me costó reunir una buena biblioteca”, afirma. Y continúa: “Tengo la costumbre de comprar mi periódico todos los días”.

Vacila un momento. “Ahora ya no, desde hace unos años ya no”.

A Abdel le hubiera gustado ser profesor. Explica cómo 15 años atrás quiso regresar a Marruecos y preparar las oposiciones.

Pero concluye: “Ya no, por la edad, hace 15 años sí”.

Ser profesor y alternar el trabajo, como otros viejos amigos y conocidos, con sus aficiones, como escribir o pintar, asistir a conferencias, moverse en los círculos literarios. “Es mi ambiente”.

Todo eso fue hace años.

Abdel ronda los 60 años y está en la calle. Con frecuencia, pierde el hilo de sus propias palabras, se enreda en él y recurre al silencio o a una muletilla recurrente (“¿Me explico o no?”). Después de unos instantes, vuelve a atrapar el hilo perdido de la conversación.

Recorre las calles de Madrid, arrastrando una voluminosa bolsa. Por su aspecto, se puede adivinar que está en situación de calle.

Vuelve sobre los viejos tiempos:

“Antes tuve amigos marroquíes que eran pintores, profesores, traductores, que venían a estudiar historia, a hacer su doctorado”. Prosigue. “Cuando tuve ese tipo de amigos… que saben que soy buena persona, un trabajador formal, que no tengo vicios, con media palabra que dijera cualquiera me prestaba dinero”.

Antes, de nuevo. Ya no.

Abdel se encuentra atascado en un punto, en un tema, sobre el que regresa continuamente, aportando todo tipo de detalles. Día por día, casi hora por hora, relata cómo se desarrolló el problema último con sus caseros que le llevó a la calle por vez primera. Cómo se encontró la puerta cerrada y cómo sus cosas se quedaron dentro. Han pasado algunos años, pero continúa atrapado en ese momento.

No habla de otras cuestiones: del trabajo o la falta de él; de la precariedad, la falta de recursos económicos o de la ausencia de apoyos.

Es algo que se repite en las conversaciones que mantengo con muchas personas. Algún acontecimiento, algún hecho traumático del que quedaron enganchados. Pareciera por todos los pormenores en los que se detiene que es algo sucedido esta misma semana, o la semana anterior como muy tarde. Y sin embargo pueden haber pasado años, a veces muchos. Resulta desconcertante. Algo congeló el tiempo en esa escena. Algo pulsó el botón “Pause”.

cronicas-frio-Retratos-fugaces-1-2En aquella ocasión, Abdel no pudo volver a entrar a la que era su casa, la cerradura estaba cambiada y no pudo recoger las cosas de su habitación: su ordenador portátil, los libros de su biblioteca personal que tanto apreciaba. Esto dio pie a su primera temporada en la calle. Después, se sucedieron las malas experiencias, las malas jugadas del destino o de alguna gente, que fueron multiplicándose con el tiempo.

Cuando consigue escapar de esos episodios, Abdel se mueve entre dos impulsos, entre dos polos: su luz y su oscuridad; su admiración por la cultura y su desengaño con la gente.

Abdel dice con dolor cómo hay mucha gente que “te estafa”, que “te encuentra tu punto débil”, “te la juegan”, “te roban”, “van a por ti”, tienen “mentes criminales”.

A esta gente, que tanto daño le ha hecho, les dedica la peor lista de insultos que conoce: “Son ignorantes, analfabetos y tontos que creen que son listos”.

No hay peor desprecio para él: ser mentes sin luz. La mente de Abdel divaga y se encuentra muy confusa, pero sigue admirando el saber, el conocimiento, la cultura.

“Yo llevo años y digo que este país, esta ciudad ya es sucia. Es sucia. Yo considero que esto es ya un contenedor, por lo menos en mi opinión, aunque no quiero decir esa palabra”.

Porque le da apuro emitir una sentencia sin matices, sin analizar profundamente y en su complejidad todas las posibles causas. Porque su vieja mente ilustrada y su antiguo gusto por la reflexión, por el pensamiento, son enemigos de lo absoluto.

Porque la luz sigue iluminando de vez en cuando su obnubilada mente. Ella no le ha abandonado.

 

Eusebio

Centro de Pinar de San José. Distrito Latina. Madrid. Una noche cualquiera de marzo. Un señor toma una taza de café, sentado en una mesa, en el hall del albergue para personas sin hogar.

Se llama Eusebio y tiene 57 años. Toma café aunque ya es la hora de dormir. Es igual. No duerme. Casi no duerme. Ayer como máximo fueron dos horas de sueño. Más, imposible.

Cuando estás en la calle nunca descansas, no duermes nunca. Vivir en la calle es agotador.

Eusebio tampoco duerme en el albergue. No es capaz de relajarse del todo. En mitad de la noche, un grito, alguien que ha sufrido una pesadilla. Alguien vomita. Alguien se levanta. No existe un sueño tranquilo y reparador.

cronicas-frio-Retratos-fugaces-1-3Lleva todo el día caminando sin parar. Está agotado. Y preocupado. No sabe qué va a ser de él cuando llegue el 1 de abril y se cierren los centros de acogida de la Campaña del Frío. ¿Dónde irá entonces?

Quedan apenas unos días.

Antes de llegar al centro, llevaba casi un año durmiendo en la sala de espera de urgencias del hospital 12 de Octubre de Madrid. Pero ya eran más de 30 los que habían buscado la misma solución que Eusebio. Y acabaron echándoles. Desde entonces se encuentra aquí.

Habla con mucha amargura. Dice que hay mucho fraude. Que hay gente que va a los comedores, a los albergues, y que tiene dinero, que no lo necesitan. Que acuden al centro para no pagar cama y le quitan la plaza a otro que la necesita de veras.

Aparece también el discurso xenófobo. No entiende que en el centro de acogida la mitad, según dice, sean extranjeros cuando hay españoles que también lo necesitan y a veces se quedan sin cama.

La pelea entre los pobres, entre los nadies, por los pocos mendrugos que llegan hasta su mesa. La lucha por la supervivencia. Tú o Yo.

No entiende tampoco por qué en la Campaña del Frío se presta una atención prioritaria a los que están peor, aunque sean conflictivos, aunque monten escándalo, aunque lleguen bebidos, aunque abusen de drogas. No lo cree justo.

Eusebio vive entre el miedo a la calle, la amargura y el hastío.

Su particular laberinto es el padrón. Le trae de cabeza. No está empadronado en ningún sitio. Tiempo en la calle. Y antes deambuló de habitación en habitación. Le piden estar empadronado para cualquier cosa. Y no tiene cómo. Y no sabe dónde. Ni qué hacer. Nadie le da una solución. Es su laberinto y no encuentra ninguna salida.

Mañana, a la mañana, seguirá la misma ruta que hoy. Caminar. El autobús de la EMT que participa en el dispositivo, tras pasar la noche en el centro, le dejará en la estación de Príncipe Pío. Desde allí irá caminando hasta la plaza de Colón, donde desayunará “con las monjas”. Luego tendrá que dirigirse a Vallecas, para poder llegar al comedor social al que suele acudir. Y desde allí emprenderá de nuevo su ruta diaria hacia la estación de Príncipe Pío, para aguardar al mismo autobús que le dejó allí por la mañana.

Y volverá a empezar. O volverá a terminar el día.

Texto: Santiago Gómez-Zorrilla
Fotos: Accem

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