La soledad de la señora Vila

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La soledad de la señora Vila

Por Sara María Laborda

Son las diez y media cuando unos pequeños golpes en la puerta de la habitación la despiertan. Hace horas que cientos de relojes han movilizado la ciudad, pero en el quinto piso del número 4 de la Plaza Molina, la señora Vila a sus 82 años vive la vida con más calma.
Al levantarse, un pequeño mareo hace que vuelva a sentarse en la cama. Una vez recuperada, abre la ventana dejando que el aire estival y el murmullo de la ciudad entren en la habitación. Después va al baño y como es su costumbre se dirige a la cocina por el largo pasillo. Al pasar junto a él, en voz baja como si no quisiera que nadie la oyera, le dice;

─ ¡Eres un pesado! ¡No paras de dar vueltas! Igual que Jacinto, nunca me dejaba dormir. Cuarenta años despertándose a las seis de la mañana para oír las noticias en la radio antes de ir a la fábrica.

Prepara un café en su vieja Melita y cuando va a sentarse en una de las sillas de la pequeña mesa de fórmica, le ve entrar girando alegre sobre sí mismo.

─ ¡Me tirarás! ─ exclama, dándole con el pie mientras sorbe un poquito de café. Ésta tarde seguro que vendrá Carlota, ─ continúa diciendo─, no la he visto en dos semanas. Desde que se separó del tonto de su marido dedica más horas a la fábrica. ¡Ah! No se te ocurra decirle que este mañana me he mareado. Volverá con el cuento de que no puedo estar sola y ya sabes nos traerá otra Cristal. ¿Te acuerdas de ella? ─parlotea sonriente, mientras saborea el caliente café. ─ ¡Dios mío! ¡qué pinta tenía! En mi vida he visto cosa igual. ¡Quita, quita, mejor estar sola!

Es mediodía cuando Alfonso el conserje del edificio llama al timbre de la puerta.

─ Buenos días señora Vila, le traigo el periódico y el pan. Recuerde que mañana es sábado y no trabajo, así que si quiere que le compre alguna cosa no tiene más que decirlo.

─ No se preocupe Alfonso, esta tarde seguro que vendrá mi hija.

Cuando Alfonso se va, cierra la puerta asegurándose que la llave no quede puesta en la cerradura, como es su costumbre desde que enviudó. Siempre pasa la tarde en el salón y desde allí con el sonido de la televisión más alto de lo normal, no oiría el timbre de la puerta caso de que su hija no pudiese abrir con su llave.

Después de comer se sienta en una butaca del salón junto la ventana. Las horas pasan lentamente, lee el periódico, ve una serie que no le interesa, dormita, ojea el viejo álbum de fotografías. Ella con Jacinto el día de la boda…, el bautizo de Carlota…, los tres en Salou…, la boda de Carlota… De vez en cuando se asoma a la ventana desde donde puede ver niños jugando en la plaza Molina mientras las mamas conversan sentadas en los bancos.

La tarde va cayendo, luces brillantes iluminan otras casas, la suya sin darse cuenta se sumerge en las sombras.

Enciende la luz. Al llegar junto la puerta de entrada vuelve a poner la llave en la cerradura.

Quizá mañana… piensa. Sin cenar se dirige a su habitación.

Al pasar por la cocina se da cuenta que Romba, el pequeño aspirador se ha quedado sin batería delante del fregadero.

─ Estas igual que yo… ─cada día más viejos, ─le dice colocándolo en el cargador─. Buenas noches amigo.

La soledad hace extraños compañeros de viaje.

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