Relatos de mujeres mayores de la Universidad Popular de Leganés

“En el nombre de la soledad” por Ana Victoria Picazo

Nunca me había parado a pensar en ello, la palabra por sí sola “Soledad” dilapida los sentidos y las emociones y es un sentimiento además de una situación en momentos placentera y en otros una ruina que te toca el alma.

No conoce edades, ni condiciones, ni tratamientos, llega y no se presenta.

Se vista y se desnuda con fragilidad.

Es buena compañera cuando la buscas de manera solícita y la quieres para conocerla, para sentirla, es atrayente y necesaria en muchos instantes de tu vida.

Tiene nombre de mujer, es atractiva, seductora, engañosa… nos nubla los sentidos y nos atrae hacia ella haciéndose valer y moviéndose de manera sibilina por los espacios de tu alma, te engancha y se apodera de ti, haciéndose imprescindible en lo cotidiano y se convierte en un arma letal que duele cuando impone su existir.

A veces no lo escoges, te elige ella y no te avisa, se instala en tu vida muy a tu pesar, sin tu llamarla, y se hace compañera de día y de noche, vela tus sueños, seca tus lágrimas, sonríe contigo y se apodera lentamente de tus espacios.

Como en todo, llegas a acostumbrarte, y aunque no la quieras, llegas a aceptarla.

Recuerdo que hace ya 3 años, sentí el más grande vacío que mi ser ha experimentado ahora.

Cuando mamá se fue, hacía ya 7 años que papá nos había dejado, en ese mismo instante y pasados los momentos del duelo, cayó sobre mí la terrible soledad, esa que te deja desnuda, que te arrebata el aliento, que abre un agujero negro en el que caes de manera inconsciente o te dejas hundir.

Esos son los peores instantes en mi existir hasta ahora, todo tiene remedio, todo se cura con cuidados y mimos, pero la desesperanza del vacío, del no existir, del no poder tocar y sentir a las personas que amas es la soledad más desgarradora, lacerante, insultante, la cicatriz que te queda en el alma, no tiene ni siquiera su nombre.

Aprender a estar con ella, es necesario y bueno para conocernos, crecer y amarnos.

Es maravilloso encontrar placer de debatir con uno mismo, no tener dependencia, y saber jugar al juego en el que somos los personajes de nuestros cuentos, nos divertimos con ellos y aprendemos de nuestras capacidades.

Déjate conocer y no corras el riesgo de ser excluida, sino comprendida y amada.

 

“Soledad” por Maria Patrón

¡Qué bien me suena tu nombre, Soledad!
Cuando con voluntad te llamo.
Qué bien me suena tu nombre
cuando tímida me abrazas en las tardes silenciosas
y me cubres con un velo de nostalgia.

Callada me escuchas sin reproches,
yo te cuento mis secretos,
te hago confidente de mis miedos y tú,
me llevas de la mano a un lugar
de paz y sosiego.

Sin embargo amiga mía,
cuando hablar contigo no quiero,
y te deslizas en mis días,
si tu nombre no pronuncio
¿Por qué vienes a visitarme silenciosa
y zalamera?

Me coges por la cintura
y me arrastras y me empujas
hasta el borde de un oscuro abismo,
donde unos rayos de plata me sostienen
y muda vuelvo a gritar tu nombre
¡Soledad!

 

“Invisibles” de Eloísa Pardo

Adela hace ya tres noches que no duerme en su cama, me he dado cuenta porque, cuando paseo por el corredor soleado de la residencia, veo su cama hecha y ella es muy perezosa y se levanta tarde y hace quejarse continuamente a Carmen, la auxiliar, porque dice que ya va todo el día retrasada en sus tareas.

No se ha podido ir con sus hijos porque desde que vino, hace ya unos tres años, no ha recibido nunca visitas.

Varios días ya sin verla y nadie dice nada en el comedor, observo caras de miedo y miradas que huyen cuando se encuentran.

Abelardo tiene muy descuidado el rosal que plantó por sus ochenta y nueve cumpleaños. Se lo he regado un poquito esta mañana para quitarle ese aire vencido a las rosas blancas.

Se mastica un silencio raro en la residencia, no hay ninguna risa ni comentarios maliciosos como antes a la hora de la televisión.

Laura no ha venido hoy a la revisión del médico y por la tarde me ha parecido ver a su hija hablando con la directora del centro. Pero no debe pasar nada malo porque no se le veía triste, miré con disimulo a sus ojos y los tenía secos.

La otra noche me pareció que alguien chillaba, creo que era Fidel. Hoy no le he visto en su silla de ruedas debajo del pino piñonero donde le gustaba quedarse, al fondo del jardín.

Es un viejo testarudo, aunque luego es el primero en emocionarse con las películas de amor, qu lo sé yo. Es viudo desde hace mucho tiempo y no tiene hijos.

Acababa de coger el sueño, cuando unas manos silenciosas y enérgicas me han sacado de la cama. He preguntado dónde me llevaban y no me han respondido. Es Javier, el guarda de noche y Pila, otra de las auxiliares, la rana, como la llamamos todos, por su forma de hablar y que se ha casado hace un par de meses.

Les he vuelto a preguntar qué es lo que pasaba, pero sólo me han devuelto una mirada perdida.

Romper

Por Federico Buyolo García

Llego el momento que estaba esperando. No había pasado ningún día, en los últimos cuatro años, en el que no hubiera pensado en ese momento, el día que ya no tuviera que trabaja más. Era 1 de Septiembre de 2014 y Ángela cumplía 65 años.

Hacía ya cuatro años que su marido había muerto de un infarto. Una vida dedicada a trabajar y trabajar se había acabado de pronto, sin tiempo para disfrutar, hurtándoles su soñada jubilación de viajes y familia. Desde ese fatídico día, la soledad se apoderó de su vida. Ángela se sentía inútil, perdida, abandonada. Era como si hubiera vuelto a nacer, pero sin fuerzas, ni motivación, ni capacidad para afrontar una vida sola.

José, su marido, había sido un hombre educado en una sociedad donde ellos trabajaban y ellas tenían encomendadas las tareas de cuidar de sus maridos, hacer de la casa un hogar y criar hijos que fueran el orgullo de la familia. Sin embargo, ella nunca se sintió protagonista de esa idea de mujer atada al destino de su marido. Hizo oídos sordos a las críticas y empezó a trabajar, con la ayuda de José, como maestra en la escuela del pueblo. Allí permanecería hasta el último día.

El pueblo donde había vivido toda su vida había crecido en los últimos años, quizá algo tarde, no para ella, que ya se había acostumbrado, sino para sus dos hijas que pronto se fueron a la capital en busca de trabajo. Encontraron buenos empleos en la universidad, se casaron y tuvieron hijos que ya no volvieron a aquel pueblo e hicieron de la capital, su hogar.

Tras la muerte de su marido, sus hijas le habían pedido que se fuera a vivir a la ciudad con ellas, pero Ángela no quería abandonar su trabajo, esas almas descarriadas que tantas alegrías y disgustos les daba; ni su hogar, en el que tanto esfuerzo y cariño habían puesto José y ella; ni su barrio, donde todo estaba casi al alcance de la mano, la verdulería de Adelita, la carnicería de Abelardo y como no, la Farmacia de Doña Anabel donde comprar sus múltiples medicamentos; y mucho menos quería perder su club de lectura de los martes, ni sus miércoles de Mus en el centro social junto a su casa.

¿Que más podía necesitar? El colegio le pidió, mil y una vez, que se quedará, que siguiera dando clases, pero ella quería recuperar su vida, volver a sentirse libre. Por primera vez en todo ese tiempo ansiaba ser otra vez ella, soltar ese dolor que le acompañaba, desde la muerte de su marido, librarse de la necesidad de trabajar y por fin poder dedicarse tiempo.

Abandonó la soledad, para únicamente vivir sola. Escribió sus memorias; aprendió a cocinar paella, siempre había querido aprender y nunca llegaba el momento; comenzó a cantar en el coro de la iglesia, y como no, nunca falló a su partida de mus, ni a sus lecturas de los martes. Su casa era todo, su país, su pueblo, su presente y su futuro.

Así fue pasando el tiempo, cumpliendo años, viendo como, por desgracia, cada vez eran más las amigas viudas las que se incorporaban al club de lecturas. Los días se hacían más largos, sus achaques de salud más frecuentes y las visitas de sus nietos, menos habituales.

Todo a su alrededor iba cambiando poco a poco. Las viejas tiendas eran sustituidas por modernos supermercados. Los escalones de su casa, sin saber muy bien porque ley física, seguían creciendo en número y altura. Y las amigas que antes eran habituales en el parque, una tras otra, iban recluyéndose en sus casas viviendo la soledad a solas y sintiendo como sus vidas se apagaban.

Llego a pensar que el universo había decidido urdir un plan para castigarla por sus pecados pasados.

Ángela no estaba dispuesta a dejarse llevar por su desánimo y su falta de fuerza física. Ella no quería correr el mismo destino que Angelita, que sentada en el sillón, con una manta sobre sus rodillas. la muerte la visitó antes de que lo hiciera su familia.

Desde ese día decidió romper con la soledad que le había vuelto a encerrar en sí y volvió a tomar las riendas de su vida. Abrió las ventanas de su casa. Se deshizo de los viejos recuerdos que le ataban a su dolor y desempolvó su colección de viejos libros.

Con mucho esfuerzo y poca destreza, cosió en su viejo abrigo, dos bolsillos internos para poder llevar libros sin tener que coger, con sus débiles manos, un peso que no podría levantar. Agarró al azar los dos primeros libros, los colocó en su nuevo transportador de historias y salió al encuentro de otras soledades hartas de estar solas.

Aquello que había empezado como una terapia propia, se convirtió en poco tiempo en un movimiento organizado de decenas de voluntarios que querían compartir historias que curaran soledades. Todo el pueblo estaba unido a todo el pueblo, juntos hacían una comunidad de personas que amaban a personas. No faltaban manos ni buenas voluntades, incluso Don Bernardo, el párroco de la iglesia donde ella cantaba, instaló una pequeña estantería con los libros que los feligreses iban donado y que ella se encargó de clasificar y organizar con los alumnos de catequesis, que además, los llevaban a todas las personas en cualquier rincón del pueblo. Incluso había conseguido hasta lo más difícil, que Adelita, que perdió hasta su sonrisa cuando cerró la verdulería, ahora volvía a ser feliz acompañada de libros y cuentos que sus propios nietos le leían cada día. Ángela no dejó de regalar historias a todas aquellas mujeres que la caprichosa vida, les había arrebatado su media naranja y al mismo tiempo les daba años de soledad.

Ella siguió leyendo sola en su casa, su hogar. Sus ojos ya cansados no le permitían leer y sus manos dibujaban letras temblorosas, aun así, escribió en todos y cada uno de los libros, «vivir sola, no es vivir en soledad»

Pina, seis minutos de soledad y baile

Por Begoña Moriana López

Como cada mañana Sofía abre los ojos y mira al techo. Estira el brazo hacia la mesilla y tira del cordón del collar de tele-asistencia. Lo coge y se lo coloca en el cuello. A veces piensa, que envejecer, cuando has sido una bailarina casi toda tu vida,  es más desgracia que si no hubieras bailado nunca. Se cambió hasta el nombre. Sofía no es un nombre feo, en absoluto, pero sus compañeras empezaron a llamarle Pina. Fue allá por los ochenta. Su trabajo en la danza contemporánea era tremendamente innovador, casi de igual nivel que la alemana Pina Bausch.  Pero ahora ya tenía ochenta años y se movía con ayuda de un andador. Y además vivía sola, lo que le daba muchas ventajas y, por supuesto, también inconvenientes.

Pina se levanta con esfuerzo de la cama y como cada mañana, llega a la cocina y se prepara su desayuno, no sin antes poner en marcha a su Paco, como ella le llama. Concretamente, con el tema Entre dos Aguas y además en modo bucle. Son cosas de la edad, se dice. Ahora que oye menos, pone lo que le da la gana, las veces que quiere y al volumen que necesita.

Casi todas las mañanas, coloca el andador de manera estratégica para que, cuando acabe el desayuno, le ayude a desplazarse directamente al baño. Más que nada, porque esas semillas de lino que toma cada mañana, hacen un efecto tan rápido en sus delicados intestinos, que en alguna ocasión, casi no llega a tiempo. Sin embargo este día en concreto, ni la estrategia, ni las semillas funcionaron. Una, por desgracia, provocó la catástrofe; la otra, del susto, no hizo efecto y menos mal que no lo hizo.

Después del desayuno, se incorporó de la silla con dificultad y giró su cuerpo como en otras ocasiones. Pero hoy, simplemente, éste no respondió. Su mano temblorosa, quiso asirse al andador, pero no al real, sino a su doble, más difuminado y gris. Un día de estos tendría que preguntar al médico por qué a veces veía doble. Y entonces, erró. Y tras errar, cayó de lado y estrepitosamente contra el duro y frío suelo de la cocina.

Pina, bailarina durante tantos años, sabía con certeza, que ese golpe y el sonido interno que le recorrió por dentro, no era una simple caída. Sus piernas no le respondían y comprobó con espanto, que ni siquiera sentía los dedos de sus pies. Empezó a hiperventilar y con un tremendo dolor, giró su cuerpo para colocarse boca arriba. Un grito desgarrador salió de su garganta y con el rostro bañado en sudor, comenzó a llorar y pedir auxilio.

La cordura, incluso en estos duros momentos, hace acto de presencia y Pina recuerda dos cosas; una, que nadie le oirá porque su Paco toca la guitarra mucho más alto y mejor de lo que ella podría gritar, y dos, que si no aprieta el botón del collar lo antes posible, nadie vendrá en su auxilio. Dicho y hecho. Mientras la música seguía su curso en bucle, apretó el botón y empezó a respirar calmadamente. Con esa calma que te da el saber que estás tomando las decisiones adecuadas. Total, el suelo no se iría más abajo.

Sabía que en breve le llamarían al dispositivo que casualmente tenía colocado en la cocina. Puede que no le oyeran bien, pero ellos intuirían que algo andaría mal, porque sabían de su día a día, casi más  que ella misma. Y también sabían de Paco y su bucle musical. Mientras, decidió hacer lo que siempre había hecho, bailar.

Levantó sus brazos y colocó sus manos para empezar su pieza. Duraba justo seis minutos y estaba empezando de nuevo. Siempre contemporánea e innovadora. Porque como ella decía, se puede tener un cuerpo envejecido y mantener un espíritu joven. Sus movimientos originales y gráciles eran tan bellos, que de no visualizar la escena en su conjunto, nadie diría que se trataba de una persona que acaba de sufrir un accidente.

Mientras sus hombros, antebrazos, muñecas y dedos se desplazaban por el aire al son de la música de su Paco, Pina, con sus ojos cerrados, empezó a derramar preciosos ríos de lágrimas. En su boca apareció la más bella de las sonrisas y todo su rostro se transformó en un remanso de aceptación, no sin dolor, pero aceptación a fin de cuentas. Ahí estaba Pina, en sus seis minutos de soledad y baile.

 

Capturas de una cena

Por Alberto Macías

La vieja asomó la cabeza por la puerta de la cocina. Sandra leía una revista del corazón mientras se mordía el padrastro del pulgar. Bostezó. Tenía los ojos un poco juntos y las piernas escurridas, pero era un pedazo de morena de belleza indiscutible; era sincera y buena. Era suya. Sobre todas las cosas. Se enganchaban a menudo.

Muchas veces prefería no oír lo que contaba porque dolía, pero nunca se cansaba de mirarla. La thermomix habló y la hizo volver a sus labores. La máquina anunciaba que estaba en el último paso. 5 minutos para terminar la receta. A la vieja le encantaba el cacharro.

Siempre había estado en la calle trabajando, no había sido una mamá al uso, cariñosa ama de casa y experta cocinera, pero si se había manejado bien con los problemas y con una docena de platos que a sus hijos les encantaban.

Ahora todo era tan fácil con aquel invento. La había traído hace un año una chica que además le dio un curso dos veces a la semana durante un mes. Todo a costa de Sandra. Cómo siempre prefería no preguntar por la financiación de aquel lujo. Ya sabía la respuesta: una mentira. La verdad era una ventana a la oscuridad. A las ojeras y el dinero pactado. Cortó un poco de pan y lo metió en un cesto.

Se dirigió al salón, Sandra jugaba en el suelo con unas barriguitas. La vieja le acarició el pelo y se interesó por los deberes. La niña puso mala cara, le costaban las divisiones. Alberto llegó de la calle, se despidió del vecino y cerró la puerta. Venía perdido de barro. Había llovido. Los niños del edificio apuraban el llano de al lado, que había hecho las veces de aparcamiento de autobuses para los hoteles y campo de fútbol, pero que ya estaba vendido para un conjunto de VPO. La vieja se dio cuenta de que su niño se disponía a sentarse en el sofá beige y lo interceptó a tiempo. Lo mandó a la ducha con un pijama bajo el brazo.

De nuevo en cocina, pasó el estofado del vaso metálico de la maquina a una fuente en forma de hoja. Conectó la freidora y sacó la bolsa de patatas pre fritas y extra finas del congelador. El llanto desatado la llevó de nuevo al salón. Sandra había tirado el chupete. La vieja sonrió. La niña luchaba por cogerlo metiendo la manita entre los barrotes de madera del parque. Cosa imposible porque lo había lanzado casi a un metro. Esta niña va a ser fuerte, pensó mientras le ponía el chupete en la boca y la consolaba en brazos.

Alberto llegó del baño, venía fumando. La vieja lo miró mal y le señaló el cenicero que estaba en el poyete de la ventana. Él la atrajo hacia allí y le habló con tono grave y entrecortado: no quería seguir estudiando, un amigo le había dicho de ayudar en una empresa de reformas. Ya tenía 19 años y seguía enganchado en el instituto. No merecía la pena seguir, todos lo sabíamos. La vieja se tragó su opinión, como siempre. Él la abrazó con mucha fuerza y la besó en el hombro. La vieja arrastró la mesita junto a la ventana. Preparó los tres platós con sus cubiertos correspondientes, vasos, una jarra de agua y una litrona.

Sonó el teléfono: Sandra desde Londres. Todo iba bien, todo iba bien. Todo normal. Todavía no tenía pensado volver. Se la notaba cansada, se callaba algo. Cuando colgó, la vieja se quedó mirando hacía la calle. Los dos niños salían del portal con sus mochilas. Se iban de vacaciones con su padre por primera vez. Se quedaron parados delante del Ford Escort metalizado mientras el padre guardaba el equipaje y la nueva mujer les ayudaba a subir detrás. Cuando lo hubieron hecho, ella puso a su bebé encima de las rodillas de Alberto, los enganchó a los dos con el cinturón de seguridad y montó en el sitio del acompañante. Llevaba un vestido ancho, andaba con gracia y buen tipo.

El coche arrancó. Alberto padre deslizó los ojos hacia la ventana un instante antes de marcharse. La vieja tragó saliva y se metió para adentro. Camino a la cocina, tropezó con sus nietos. Los niños estaban tirados en el suelo y discutían por una Tablet con dibujos. Acudieron al sofá a quejarse el uno del otro. El yerno y la nuera los calmaron y volvió la paz. Los dos hermanos charlaban de pie junto a la mesa de la comida, Sandra estaba pensando en montar un bar de shisha, Alberto la desanimaba: he estado mucho en la hostelería, esa moda no va a durar, niña.

Por fin la vieja lo tenía todo listo. Sirvió las patatas en una bandeja de acero inoxidable forrada de papel de cocina. La llevó a la mesa junto a la fuente de la carne. Dio una voz en el pasillo para llamar. El niño, desde su cuarto, contestó que ya iba. Se sentó a esperarlo. Se puso las manos en los riñones. Estaba reventada. Aquella semana, se había cargado sola la pintura de la casa ella sola. Tenía la barriga ya muy caída, estaba a punto. Esta segunda vez había cogido 20 kilos. Se puso la mano junto al ombligo y notó un pequeño empujón. Sandra, pensó, esta niña viene dando guerra.

La vieja miró hacia la puerta. Sus hijos entraban con la mirada gacha. A Alberto le quedaba ya poco pelo. Sandra lucía profundas arrugas en el contornó de la boca y le sobraba chándal por todos lados. Los dos colaboraron para meter las cosas de su madre en una serie de cajas que apilaban en tres bloques: mi casa, tu casa y la beneficencia. Hicieron un descanso y Fumaron en silencio, cada uno con su cenicero en las rodillas. Llamaron de la inmobiliaria. Alberto se retiró hacía el pasillo para hablar. Sandra, desconfiada, apagó el cigarro y lo siguió.

La vieja retiró la silla y sentó. Sirvió en su plato una tapita de carne y algunas patatas. El resto iría directo de la fuente al táper de los estudiantes que vivían en el piso de enfrente. Pulsó el 5 del mando de la tele. Sonó cualquier cosa de fondo. Comprobó que el sol aún no se había puesto antes de dar el primer bocado. No le gustaba que se le hiciera muy tarde. Cenó sola.

Cosiendo con mi soledad

Por Centro de salud de Ofra (Tenerife)

Después de 45 años levantándome a las seis de la mañana, hoy con 65 años y un día, me veo vagando sola por mi casa. Me he puesto a hacer el café y, a la vez que
sonaba el pitido de la cafetera, he oído el timbre de la puerta.

Extrañada, al abrirla no he encontrado a nadie, pero en la oscuridad del rellano sentí que la soledad se colaba para siempre. La he invitado a tomar café y, ya puestos, he empezado a contarle parte de mi historia… como cuando dejé de ser niña el día que evité el suicidio de mi madre, tras ser abandonada por nuestro padre.

En aquella España de la posguerra, pronto me tuve que poner a trabajar. Aprendí a coser y eso me trajo a esta isla, como sastra, en busca de un futuro mejor.

Coser…Coser… Voy a ponerme un rato.

Hoy cumplo 70 años, aquí con mi café y mi única invitada, que ya casi viene a diario, sobre todo en los últimos tiempos, en los que mis amigos han desaparecido de mi vida, al mismo ritmo que el dinero.

“Casa no hará, quién hijos no ha”. Cuántas veces se lo habré oído decir a mi madre mientras me dedicaba a sacar adelante mi pequeña empresa de costura.
“Si te casas conmigo, dejarás de coser”. Cuántas veces se lo habré oído decir a mi pretendiente, mientras peleaba por mantener mi pequeña empresa a flote.

Hay días, como éste, en los que pienso que mi madre tenía razón, pero también recuerdo su desesperación cuando la abandonó mi padre, sin oficio ni beneficio.

Me pondría a coser para no pensar, pero, la verdad que tengo muy poca costura.

Varias semanas de visitas al hospital, entre pruebas y especialistas y he acabado ingresada, por primera vez, a mis 73 años. Esto se lo debo a mi enfermera del centro de salud, tras atreverme a contarle que llevaba varios días amaneciendo con la almohada ensangrentada. Estos últimos años ella ha sido mi ángel de la guarda.

Nadie ha venido a verme al hospital y nadie habrá cuando regrese a casa. Ya empiezo a oír que lo mejor sería para mí vivir en un centro de mayores, pero yo no veo la hora de salir de aquí y volver a mi casa, sentarme en mi sofá y enhebrar mi aguja.

Aguja…hilo…ojal…..aguja…hilo….ojal…….ya solo tengo una clienta, esta maldita Soledad que se ha empeñado en seguirme en mi camino.

Me caigo, vuelvo a ingresar. Me caigo y vuelvo a ingresar.

Las caras de los sanitarios que me atienden reflejan el mismo interrogantereproche:

“¿Qué hace un mujer sola, enferma y mayor, viviendo sola?”. Entiendo que ellos, desde su juventud, no aprecian tanto como yo el estar en su hogar, rodeados de sus recuerdos. No dejo de pensar que, después de 45 años luchando por ser independiente y renunciando, por ello, a buscar el amor y tener mi propia familia, esta sociedad sólo puede ofrecerme la reclusión en unos cuantos metros cuadrados de cualquier habitación de un centro de ancianos, para que no me caiga, para que no moleste…

Pero supongo que éste es el precio que debo pagar por haber querido ser la dueña de mi vida.

Miro de frente a mi única amiga y comprendo, al fin, que desde siempre he estado cosiendo para ella.

Por mí

Por Elena Fornas

Me duele todo el cuerpo. Mis huesos no pueden conmigo, o yo no puedo con ellos. Ya no sé lo que es, o mejor, no sé lo que me ha pasado para tener que estar en esta situación. A veces desearía no haber llegado.

Miro mi antigua foto. 27 años tenía cuando sonreía y me agarraba por el cuello de mi hermana. Quiero volver a esa época llena de vitalidad, llena de gente a la que quiero. Quiero volver a ese lugar donde los días no son una cuenta atrás inevitable, donde no tengo que ser testigo de como aquellos que siempre han estado a mi lado dejan de estarlo de un día para otro.

Agarro el marco y deseo que no se hubiera ido hace dos años. Todo ha sido tan complicado desde que murió…

Bajo la mirada. Las manchas de mis piernas quieren decirme algo y no lo quiero escuchar. Vuelvo a mirar la foto. Me doy cuenta de mis arrugas una vez más. Son los años los que intentan destruirme. Es la soledad la que quiere que me rinda.

Y lo quiero hacer, claro que quiero hacerlo, todo sería tan fácil…pero no puedo. Quiero luchar. Eso es lo que he aprendido a hacer durante toda mi vida.

Cuando me caía, mi madre siempre me decía que no era nada, que debía levantarme para seguir.

Cuando estaba mal, mi padre siempre me decía que se me pasaría, que de todo lo malo se aprendía algo bueno.

Cuando ellos murieron, mi hermana me enseñó que nadie se va completamente, que ellos siempre viven en ti gracias a lo que te enseñaron.

Ahora sé que no estoy sola, pensaba que me abandonaron y, en realidad, me regalaron lo mejor que se le puede dar a alguien: fuerza y esperanza. Me levanto cada día y pienso: por ellos.

Por el adiós que no pude dar.
Por el sueño que ella no pudo cumplir.
Por los abrazos que no nos llegamos a dar.

Me levanto del sillón y abro el armario. Cojo una caja dorada y levanto su tapa con mucho cuidado. Aunque sé perfectamente lo que hay dentro, sonrío como si fuera la primera vez que veo aquel vestido rojo. Aún recuerdo como me sentí cuando lo abrí al cumplir los 50 años; parece mentira que hayan pasado 30 años desde entonces.

Hoy me lo pongo, no porque sea un día especial, sino porque quiero celebrar que estoy aquí, que he perdido a gente pero también la he ganado. Hoy celebro que me he sido fiel a mí misma a pesar de que el mundo pusiera todo en mi contra. Hoy brindo porque soy fuerte, soy feliz, soy yo, más viva que nunca.

La chica de Teruepies

Por el Centro de Día Municipal de Alzheimer ‘Carmen Conde’ (Madrid)

Podría empezar este relato con “Erase una vez”, o “En un lugar de la Mancha…”; pero nunca pensé que iba a escribir la historia de mi vida, aunque yo siempre he dicho que parecía una novela.

Empecemos por el principio, me llamo Eva (me he tomado la licencia de ponerme un nombre ficticio porque a pesar, de que mi vida es mía, no quiero herir la sensibilidad de mis seres queridos).

Pues eso, me llamo Eva y tengo 88 años.

Nací en Teruel y soy la mayor de cuatro hermanos. Los primeros recuerdos de mi infancia no son malos; es más, si tuviera que definir ese momento de mi vida sería feliz. Mis padres, eran conserjes de un polideportivo y como no podría ser de otra manera, mis hermanos y yo jugábamos siempre con una pelota en los campos de fútbol. Tampoco es de extrañar, que terminara jugando en un equipo mixto, en el que llegamos a clasificarnos en buena posición.

Cuando cuento esta parte de mi vida, me suelen preguntar que si tuve algún problema al jugar al futbol con chicos, pero tengo que reconocer que jamás me sentí excluida por el hecho de ser mujer.

Cuando empiezo a dejar de ser tan niña y comienzo mi adolescencia me doy cuenta de que las cosas en casa no van tan bien y que no son tan estupendas como yo pensaba. Poco a poco me doy cuenta de que mi padre no trataba bien a mi madre, hasta el punto de ponerle varias veces las manos encima. Me di cuenta en ese momento que quizá podría tocarme a mi cuando se cansara de ella, es más, llegue a amenazar a mi padre diciéndole que si intentaba hacerme lo mismo cogería una de sus escopetas de caza y que no me temblaría la mano. Ese día tomé la decisión de que la vida que llevaba mi madre yo no la quería para mí, y que en cuanto pudiera, dejaría mi casa y me iría lejos.

Y así lo hice, cuando cumplí 18 años cogí mi maleta y me vine a Madrid. Aquí tengo que hacer una gran mención a mi madre, porque si no fuera por ella no hubiera podido; ese día en la estación de tren, me dio el poco dinero que tenía y me dijo que era para “que tuviera la vida que ella no había podido tener”. Así que me subí en ese tren, dejando atrás a mis hermanos y a mi madre. Rumbo a una ciudad que no conocía, donde no tenía ningún amigo, donde no tenía casa, y donde tampoco tenía trabajo.

Pero llegué a la estación de Atocha, y cuando llegué sabía que el destino tenía guardado algo bueno para mí, porque cuando miré a mí alrededor, era como si ya hubiera estado allí. Y de alguna manera lo había hecho. Gracias Tony Leblanc, Conchita Velasco, José Luis López Vázquez, por enseñarme a través de vuestras películas los rincones de Madrid y orientarme en esta aventura que empezaba.

Tomé rumbo por la calle Atocha y llegué hasta la Plaza de Lavapiés sin preguntar a nadie, hasta que me topé con una churrería y entré. El destino me iba poniendo señales en el camino, porque cuando entré a esa churrería con mi maleta y mis trenzas, vi un cartel detrás de la barra que decía “Se alquila habitación para señoritas en la C/ Buenavista”.

Cuando el churrero me preguntó qué quería, le dije que saber dónde estaba la calle Buenavista.  Creo que mi apariencia de muchacha de pueblo recién llegada a la capital me ayudó, porque el churrero me dijo que si me esperaba me acompañaba personalmente ya que conocía a los dueños de la casa.

Me pareció un buen plan, así que me tomé un café con porras e imaginé todo lo bueno que me deparaba el día.

Cerró la churrería y fuimos a la casa, donde abrió la puerta un matrimonio encantador con el que mantuve una charla muy animada y donde se decidió que esa misma noche ya podía  quedarme allí. Este matrimonio me trató como la hija que nunca tuvieron, les ayudaba en las tareas de la casa, compraba la comida, pero a mí lo que me hacía falta era un trabajo, porque no quería abusar de su hospitalidad.

Así un día el señor de la casa me dijo que un conocido suyo estaba buscando una camarera en un bar cercano por si podía interesarme. Y claro allí me fui, y al día siguiente empecé a trabajar. Yo nunca había trabajado de camarera, pero me veía muy “suelta”, hablaba con los clientes, conocía a gente del barrio, hacía mis amistades, así que no es de extrañar tampoco que en uno de esos días apareciera por el bar Adán (también me he tomado la licencia de cambiarle el nombre), un chico guapísimo, ebanista y muy gracioso. Él me vio, yo le ví y de la manera más natural empezó a venir más asiduamente al bar y comenzamos nuestra relación.

Habían pasado 7 años desde que esa muchacha de trenzas y maleta llegara a Madrid con una mano delante y otra detrás, y ahora me veía con una familia de acogida maravillosa, con un trabajo donde poco a poco ascendía y ahora con un señor al lado que me hacía muy feliz.
Así que con tanta felicidad pasó lo que tenía que pasar, me quedé embarazada…
Claro ahora a lo mejor no pasa nada, pero en mi época, quedarte embarazada sin estar casada era pecado mortal, asique no sabía cómo exponer en casa la situación, porque pensé que me echarían a la calle, pero tampoco podía ocultarlo durante mucho tiempo. Y tenía muy claro que no quería casarme, yo estaba muy agusto como estaba.

Bueno una tarde, tomé el valor suficiente para ponerles al día de mi nueva situación, con la maleta preparada por si acaso; y su reacción no se hizo esperar, el abrazo que me dieron y la alegría que me trasmitieron porque iban a ser abuelos me dejó totalmente sin palabras. Es más, me dijeron que ya estaba tardando en llamar a Adán para que viniera a vivir conmigo porque por ellos no habría ningún problema. Y así lo hicimos.

Cuando nació mi hija la trataron como si realmente fuera su nieta y jamás recriminaron que Adán y yo no estuviéramos casados, sino todo lo contrario. Pero la vida tiene un ciclo, y el suyo terminó, después de 20 años viviendo con ellos la edad y la pena se los llevaron por delante, pero antes de marcharse me dejaron en herencia su casa, que es la actual en donde vivo. Así que hasta el final fui para ellos su hija.

La vida pasó, mi hija creció, Adán y yo seguimos juntos, seguí ascendiendo en el bar llegando a ser la jefa de cocina. Pero, como todo no puede ser tan bonito siempre, a Adán también le llegó su momento, y fue entonces cuando volvió a preguntarme si quería casarme con él (durante estos años lo intentó varias veces, pero yo soy muy tozuda), me decía que no podía irse tranquilo sabiendo que no me dejaba en buenas manos y con la vida resuelta. En ese momento le dije que sí, pero ¿cómo lo íbamos a hacer si los médicos le daban días y tampoco podíamos salir del hospital? Pues si “Mahoma  no va a la montaña…” pues que el sacerdote venga a casarnos al hospital… y así fue. Dos días antes de marcharse Adán, nos casamos. Se lo debía después de toda una vida respetando mi decisión de no querer casarme, ahora me tocaba a mí devolverle el favor y que se marchara en paz sabiendo que me había dejado con todos los derechos como viuda.

Así que ahora empezaba otra vez mi vida, mi vida de viuda. Mi hija ya se había independizado y había hecho su vida, y ahora me tocaba a mí empezar de nuevo.

Mi barrio, todo hay que decirlo, ha cambiado bastante, hay gente que dice que vivo en un barrio complicado, que hay mucha bronca…pero a mí me parece que es un barrio maravilloso, que tiene mucho ambiente, que aprendes de las culturas de todos, y lo que yo digo, si a mí me acogió cuando vine de Teruel, ¿por qué no acoger a todos los que vienen de fuera?

Ahora ya, lógicamente no trabajo, me jubilé y con mis 84 años sigo manteniendo mis amistades de siempre con las que juego a las cartas, y sigo viviendo en mi casa de siempre y en mi barrio de siempre.También, como la edad no perdona, acudo a un centro de día del barrio para trabajar la memoria.

Creo que mi vida no ha sido fácil y recordándola me doy cuenta de las luces y las sombras que ha tenido, pero al final, nunca podemos tirar la toalla, y tenemos que luchar contra las adversidades, porque siempre sale la luz, aunque parezca que está todo muy oscuro.
A día de hoy sigo siendo igual de rebelde, y aunque no sé lo que me queda por vivir, sé que lo que me queda, quiero vivirlo a mi manera, sin ataduras y siendo libre, para el día que me vaya definitivamente pueda irme tranquila sabiendo que el sacrificio que hizo mi madre valió la pena, porque verdaderamente pude vivir la vida que no pudo tener.

CENTRO DE DIA CARMEN CONDE.  C/Ave María, 6, 28012 (Madrid)

Centro de día

Por Rubén Lapuente Berriatúa

Manoli, creía que su vida ya sólo sería una cabeza somnolienta, sujeta a una butaca, a su trocito de cielo, al ruido de fondo de un televisor. No notaba que la soledad iba haciendo bien su trabajo, desordenando los recuerdos, criando sombras, replegándola… Ya son muchos años –dice– para encararse con los suyos, con lo nuevo desconocido. Y mañana ya viene el pequeño autobús “Al otro rincón del olvido” dice que la llevan.

Y entra, medrosa, aturdida, con ganas de desaparecer. Pero, poco a poco, comienza  a revivir miradas de su mismo tiempo. Palabras que le suenan como si se las dijera ella misma…

“¿Cuál es tu nombre? Mira. Ven. Tenemos un patio chico pero con el mismo sol del recreo de aquella vieja escuela tuya; un pequeño huerto en altares de madera para que no se venza tu espalda; un campanario con badajo de jilgueros que no callan. Y mecedoras con fieles pulgares que no se cansan nunca de acariciarte. ¿Sabes jugar a las cartas? ¿Y al juego de la rana? ¿Has jugado al bingo? Sólo dan caramelos si ganas, pero de los buenos, de los de licores con sabor a cuba libre. ¿Sabes que hay baile? Y siempre están ellas, las de uniforme, que no te dejan dormir en los recuerdos. Que como vengas malherida, te alientan hasta que alcances con la punta de los dedos el abismo de un tenedor o hasta que cruces el desierto de una baldosa. Ven, mira…”

Y al caer la tarde, el pequeño autobús la devuelve a la puerta de su casa. Y sobre la cama, deja caer su ancianidad con su nuevo sueño viajando solo hacia mañana:

El empeño por destacar. La revancha de la derrota en el juego. La dulce mirada mate que ha de devolver… Y a primera hora, espera con alegría al pequeño autobús. Y al verle llegar por la calle, disimuladamente, se perfila los labios (¿verdad Manoli?), como si la vida empezara otra vez.

Los colores de Nemesia son los colores de Amalia

Por Manuel Cortés

Doña Nemesia fue nuestra vecina toda la vida. La puerta de su casa estaba frente a la nuestra. Tenía casi noventa años. Y aunque siempre refiriera encontrarse bien, apenas salía de casa. De hecho, no iba más allá del portal. Su hijo, su nuera o esa joven que les ayuda, se pasaban por su casa a días sueltos para dar una vuelta, comprobar cómo se encontraba, llevarle comida y sacar la basura. Martes y viernes acudía otra señora durante dos horas a realizar labores de limpieza, pero al no hablar español apenas se podían entender. Sin embargo y pese a ello, cada vez que tenía cualquier problema, doña Nemesia pulsaba nuestro timbre en busca de soluciones: que si tengo miedo porque oigo ruidos, que si pudierais ir a comprarme pan, que si me siento sola y quiero estar con vosotros, que si sufro de mareos y me pudiese usted valorar…

  • – ¡Sois unos vecinos encantadores! –nos repetía-. Menos mal que os tengo cerca.

Y es que en mi condición de médico y en nuestra compañía, doña Nemesia halló siempre una tabla de confianza en la que apoyarse ante cualquier imprevisto.

Aun cuando ella nos parecía muy buena persona, aquella situación comenzaba a desbordarme. ¡Había días que llamaba dos y tres veces!

  • – ¿Si su familia pasa tanto, por qué tenemos que hacernos cargo nosotros? ¿Acaso no hay residencias para mayores? ¡Su nuera ni siquiera saluda! –compartiría con mi mujer-. A veces llama en el momento más inoportuno, como aquél a las tres de la mañana porque no puede dormir… A veces se sienta en el salón para jugar con los niños y después no hay forma de que se vaya… A veces ni siquiera paga lo que le hemos comprado en la tienda.

Mi mujer asentía a medias, poniendo mesura a mi desazón.

Sin embargo había alguien entre nosotros que estaba realmente encantada con aquellas visitas: mi hija Amalia. A sus tres añitos sonreía con las carantoñas de doña Nemesia. Le pedía que le contara algún cuento, y esta alguno le contaba… Le pedía que le regalase un chuche, y esta alguno le regalaba… Le pedía que le diese un beso, y esta alguno le daba… A cambio, Amalia le hacía cada noche antes de dormir un dibujo de colores, muchos colores, que al día siguiente –cuando salíamos camino del cole- le dejábamos sobre el felpudo de su puerta. Y cada vez que bajábamos a la calle, la pequeña miraba hacia la ventana de doña Nemesia para saludarle. Porque la mujer estaba siempre allí; puntual a nuestra salida y nuestra llegada para obsequiar con los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches a esa chiquilla tan especial.

Ciertamente, la relación entre Amalia y doña Nemesia resultó de lo más particular. La niña se interesaba una y mil veces por los asuntos de esta:

  • – ¿Por qué no puede vivir con nosotros?

Por su parte, la mujer se perdía en excusas cada vez más peregrinas para pulsar nuestro timbre y pasar un rato junto a la niña.

  • – ¿Podéis prestarme un poco de perejil? –pregunta mientras esboza otra sonrisa al verla.

Cierta tarde supimos por unos amigos que habían ingresado a doña Nemesia en el hospital. ¡La verdad es que llevaba unos días sin llamarnos! Al parecer se cayó en el baño, rompiéndose la cadera. Durante aquellos días, mi hija preguntó cien veces por ella…

  • – ¿Dónde está?, ¿cuándo va a venir?, ¿por qué está malita?

…Y le siguió pintando cada día un dibujo de colores, muchos colores, para que se lo hiciéramos llegar.

Una mañana fui al propio hospital a entregárselos en mano. Me dijeron que había tenido complicaciones y que se encontraba francamente mal. Según parece, sus pulmones se habían encharcado a consecuencia de una infección. Estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos.

A pesar de las circunstancias, entré a verla. Estaba como ausente, pensé que no me reconocería… Pero al mostrarle uno a uno los dibujos de Amalia, me miró y sonrió.

Le dejé aquellos folios rebosantes de colores sobre la mesa con la esperanza de que pudiera verlos cuando se recuperase. Sin embargo, esa misma noche falleció.

Dos días después, al regresar del entierro, su hijo llamó a la puerta de nuestra casa para darnos las gracias. Gracias por todos los detalles que tuvimos para con su madre, por haber sido tan buenos vecinos… Gracias por haberle permitido colocar uno de esos dibujos sobre aquel ataúd, como ella le había pedido. Fue su última voluntad… Y gracias en especial por tantos trazos de Amalia que habían conseguido poner una pincelada de color en aquel último año de Nemesia. Luego me invitó a pasar a su casa. Y en ella contemplé los dibujos de mi hija pegados con celo por todos los rincones, por todas las paredes, por todos los muebles… ¡De colores, muchos colores! Tantos que no permitió nunca que nadie se los quitara. E incluso cierto martes discutió con la señora de la limpieza porque quiso tirarle alguno a la basura.

Reconozco que en ese instante me emocioné. Estaba descubriendo lo que mi hija Amalia había significado para mi vecina Nemesia; que los colores de la una eran los colores de la otra. Y es que ambas se dieron mucho más de lo que jamás hubiese imaginado.

Al volver a casa con el alma estremecida, descubrí a mi pequeña haciendo otro dibujo. De colores, por supuesto. ¡De muchos colores!

  • – Es para la vecina, que ahora vive en el cielo.

Mamá había hablado con ella.

Nos dimos un abrazo enorme y entre los tres ideamos cómo se lo haríamos llegar.

Soledad

Por Caridad Guillén