Centro de día

Por Rubén Lapuente Berriatúa

Manoli, creía que su vida ya sólo sería una cabeza somnolienta, sujeta a una butaca, a su trocito de cielo, al ruido de fondo de un televisor. No notaba que la soledad iba haciendo bien su trabajo, desordenando los recuerdos, criando sombras, replegándola… Ya son muchos años –dice– para encararse con los suyos, con lo nuevo desconocido. Y mañana ya viene el pequeño autobús “Al otro rincón del olvido” dice que la llevan.

Y entra, medrosa, aturdida, con ganas de desaparecer. Pero, poco a poco, comienza  a revivir miradas de su mismo tiempo. Palabras que le suenan como si se las dijera ella misma…

“¿Cuál es tu nombre? Mira. Ven. Tenemos un patio chico pero con el mismo sol del recreo de aquella vieja escuela tuya; un pequeño huerto en altares de madera para que no se venza tu espalda; un campanario con badajo de jilgueros que no callan. Y mecedoras con fieles pulgares que no se cansan nunca de acariciarte. ¿Sabes jugar a las cartas? ¿Y al juego de la rana? ¿Has jugado al bingo? Sólo dan caramelos si ganas, pero de los buenos, de los de licores con sabor a cuba libre. ¿Sabes que hay baile? Y siempre están ellas, las de uniforme, que no te dejan dormir en los recuerdos. Que como vengas malherida, te alientan hasta que alcances con la punta de los dedos el abismo de un tenedor o hasta que cruces el desierto de una baldosa. Ven, mira…”

Y al caer la tarde, el pequeño autobús la devuelve a la puerta de su casa. Y sobre la cama, deja caer su ancianidad con su nuevo sueño viajando solo hacia mañana:

El empeño por destacar. La revancha de la derrota en el juego. La dulce mirada mate que ha de devolver… Y a primera hora, espera con alegría al pequeño autobús. Y al verle llegar por la calle, disimuladamente, se perfila los labios (¿verdad Manoli?), como si la vida empezara otra vez.

Los colores de Nemesia son los colores de Amalia

Por Manuel Cortés

Doña Nemesia fue nuestra vecina toda la vida. La puerta de su casa estaba frente a la nuestra. Tenía casi noventa años. Y aunque siempre refiriera encontrarse bien, apenas salía de casa. De hecho, no iba más allá del portal. Su hijo, su nuera o esa joven que les ayuda, se pasaban por su casa a días sueltos para dar una vuelta, comprobar cómo se encontraba, llevarle comida y sacar la basura. Martes y viernes acudía otra señora durante dos horas a realizar labores de limpieza, pero al no hablar español apenas se podían entender. Sin embargo y pese a ello, cada vez que tenía cualquier problema, doña Nemesia pulsaba nuestro timbre en busca de soluciones: que si tengo miedo porque oigo ruidos, que si pudierais ir a comprarme pan, que si me siento sola y quiero estar con vosotros, que si sufro de mareos y me pudiese usted valorar…

  • – ¡Sois unos vecinos encantadores! –nos repetía-. Menos mal que os tengo cerca.

Y es que en mi condición de médico y en nuestra compañía, doña Nemesia halló siempre una tabla de confianza en la que apoyarse ante cualquier imprevisto.

Aun cuando ella nos parecía muy buena persona, aquella situación comenzaba a desbordarme. ¡Había días que llamaba dos y tres veces!

  • – ¿Si su familia pasa tanto, por qué tenemos que hacernos cargo nosotros? ¿Acaso no hay residencias para mayores? ¡Su nuera ni siquiera saluda! –compartiría con mi mujer-. A veces llama en el momento más inoportuno, como aquél a las tres de la mañana porque no puede dormir… A veces se sienta en el salón para jugar con los niños y después no hay forma de que se vaya… A veces ni siquiera paga lo que le hemos comprado en la tienda.

Mi mujer asentía a medias, poniendo mesura a mi desazón.

Sin embargo había alguien entre nosotros que estaba realmente encantada con aquellas visitas: mi hija Amalia. A sus tres añitos sonreía con las carantoñas de doña Nemesia. Le pedía que le contara algún cuento, y esta alguno le contaba… Le pedía que le regalase un chuche, y esta alguno le regalaba… Le pedía que le diese un beso, y esta alguno le daba… A cambio, Amalia le hacía cada noche antes de dormir un dibujo de colores, muchos colores, que al día siguiente –cuando salíamos camino del cole- le dejábamos sobre el felpudo de su puerta. Y cada vez que bajábamos a la calle, la pequeña miraba hacia la ventana de doña Nemesia para saludarle. Porque la mujer estaba siempre allí; puntual a nuestra salida y nuestra llegada para obsequiar con los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches a esa chiquilla tan especial.

Ciertamente, la relación entre Amalia y doña Nemesia resultó de lo más particular. La niña se interesaba una y mil veces por los asuntos de esta:

  • – ¿Por qué no puede vivir con nosotros?

Por su parte, la mujer se perdía en excusas cada vez más peregrinas para pulsar nuestro timbre y pasar un rato junto a la niña.

  • – ¿Podéis prestarme un poco de perejil? –pregunta mientras esboza otra sonrisa al verla.

Cierta tarde supimos por unos amigos que habían ingresado a doña Nemesia en el hospital. ¡La verdad es que llevaba unos días sin llamarnos! Al parecer se cayó en el baño, rompiéndose la cadera. Durante aquellos días, mi hija preguntó cien veces por ella…

  • – ¿Dónde está?, ¿cuándo va a venir?, ¿por qué está malita?

…Y le siguió pintando cada día un dibujo de colores, muchos colores, para que se lo hiciéramos llegar.

Una mañana fui al propio hospital a entregárselos en mano. Me dijeron que había tenido complicaciones y que se encontraba francamente mal. Según parece, sus pulmones se habían encharcado a consecuencia de una infección. Estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos.

A pesar de las circunstancias, entré a verla. Estaba como ausente, pensé que no me reconocería… Pero al mostrarle uno a uno los dibujos de Amalia, me miró y sonrió.

Le dejé aquellos folios rebosantes de colores sobre la mesa con la esperanza de que pudiera verlos cuando se recuperase. Sin embargo, esa misma noche falleció.

Dos días después, al regresar del entierro, su hijo llamó a la puerta de nuestra casa para darnos las gracias. Gracias por todos los detalles que tuvimos para con su madre, por haber sido tan buenos vecinos… Gracias por haberle permitido colocar uno de esos dibujos sobre aquel ataúd, como ella le había pedido. Fue su última voluntad… Y gracias en especial por tantos trazos de Amalia que habían conseguido poner una pincelada de color en aquel último año de Nemesia. Luego me invitó a pasar a su casa. Y en ella contemplé los dibujos de mi hija pegados con celo por todos los rincones, por todas las paredes, por todos los muebles… ¡De colores, muchos colores! Tantos que no permitió nunca que nadie se los quitara. E incluso cierto martes discutió con la señora de la limpieza porque quiso tirarle alguno a la basura.

Reconozco que en ese instante me emocioné. Estaba descubriendo lo que mi hija Amalia había significado para mi vecina Nemesia; que los colores de la una eran los colores de la otra. Y es que ambas se dieron mucho más de lo que jamás hubiese imaginado.

Al volver a casa con el alma estremecida, descubrí a mi pequeña haciendo otro dibujo. De colores, por supuesto. ¡De muchos colores!

  • – Es para la vecina, que ahora vive en el cielo.

Mamá había hablado con ella.

Nos dimos un abrazo enorme y entre los tres ideamos cómo se lo haríamos llegar.

Soledad

Por Caridad Guillén

Soledad

Soledad – Programa Activa Tu Barrio Vitoria

Como cada noche

Por Juana Algaba Jiménez

Como cada noche desde hace años, no ha preparado nada para cenar ni ha puesto un plato en la mesa. Come cualquier cosa. Hoy ha sido un trozo de pan de hace unos días, con aceite, acompañado de tres sardinillas de lata que le sobraron de la noche anterior.

Come sentada en su sillón, un sillón que tiene casi tantos años como ella, con un trapo de cocina en las rodillas. Cuando acaba, hace un lío con el trapo, se levanta, y arrastrando los pies dentro de unas zapatillas que hace mucho tiempo tendría que haber cambiado, va a la cocina y sacude el trapo en un pequeño recipiente, que no es más que un tetrabrik de leche al que le ha cortado la parte de arriba y que utiliza para tirar la poca basura que genera.

Como cada noche, cuando ya le duelen todos los huesos de estar sentada, apaga la tele y va a la puerta de la calle, para echar la llave. Hoy, se da cuenta, de que hace tres días que ya la echó, tres días sin que nadie la haya buscado, sin que nadie la haya echado a faltar. Con un suspiro de resignación y ya en a su habitación, se para un momento a mirarse en el espejo del tocador, y como cada noche desde hace años, se da las buenas noches a sí misma y piensa  que mañana será otro día, otro largo día.

Madre anciana

Por José Joaquín Sanchez

Un balanceo de silla es prueba de vida suficiente. Un mando, en su mano impávida, incolora, mutaba cadenas de gentes hablando de cosas, de cosas de gentes que pasan la vida. Miraba colores que nunca vestía, tan vieja e inmóvil como juez antiguo, cansada de olvido de hijos paridos.

Guardaba en su bolso de antaño caramelos de menta y recuerdos de misa, que daba a sus nietas indistintamente. Sentada y distante y tan sola como la palabra de los moribundos.

Pensamientos en blanco y negro y reproches lejanos cerraban sus ojos en cada atardecida.

Pero un toque de timbre o un coche aparcando, impulsa el nervio detrás de su espalda, para correr al quicio a ver lo soñado.

Pero no.

Y volvía, como si un balcón cayera en su nuca, a sentarse de nuevo en su estancia, distante, en su silla que siempre la espera, para ver a las gentes reír de sus cosas.

La soledad de la señora Vila

Por Sara María Laborda

Son las diez y media cuando unos pequeños golpes en la puerta de la habitación la despiertan. Hace horas que cientos de relojes han movilizado la ciudad, pero en el quinto piso del número 4 de la Plaza Molina, la señora Vila a sus 82 años vive la vida con más calma.
Al levantarse, un pequeño mareo hace que vuelva a sentarse en la cama. Una vez recuperada, abre la ventana dejando que el aire estival y el murmullo de la ciudad entren en la habitación. Después va al baño y como es su costumbre se dirige a la cocina por el largo pasillo. Al pasar junto a él, en voz baja como si no quisiera que nadie la oyera, le dice;

─ ¡Eres un pesado! ¡No paras de dar vueltas! Igual que Jacinto, nunca me dejaba dormir. Cuarenta años despertándose a las seis de la mañana para oír las noticias en la radio antes de ir a la fábrica.

Prepara un café en su vieja Melita y cuando va a sentarse en una de las sillas de la pequeña mesa de fórmica, le ve entrar girando alegre sobre sí mismo.

─ ¡Me tirarás! ─ exclama, dándole con el pie mientras sorbe un poquito de café. Ésta tarde seguro que vendrá Carlota, ─ continúa diciendo─, no la he visto en dos semanas. Desde que se separó del tonto de su marido dedica más horas a la fábrica. ¡Ah! No se te ocurra decirle que este mañana me he mareado. Volverá con el cuento de que no puedo estar sola y ya sabes nos traerá otra Cristal. ¿Te acuerdas de ella? ─parlotea sonriente, mientras saborea el caliente café. ─ ¡Dios mío! ¡qué pinta tenía! En mi vida he visto cosa igual. ¡Quita, quita, mejor estar sola!

Es mediodía cuando Alfonso el conserje del edificio llama al timbre de la puerta.

─ Buenos días señora Vila, le traigo el periódico y el pan. Recuerde que mañana es sábado y no trabajo, así que si quiere que le compre alguna cosa no tiene más que decirlo.

─ No se preocupe Alfonso, esta tarde seguro que vendrá mi hija.

Cuando Alfonso se va, cierra la puerta asegurándose que la llave no quede puesta en la cerradura, como es su costumbre desde que enviudó. Siempre pasa la tarde en el salón y desde allí con el sonido de la televisión más alto de lo normal, no oiría el timbre de la puerta caso de que su hija no pudiese abrir con su llave.

Después de comer se sienta en una butaca del salón junto la ventana. Las horas pasan lentamente, lee el periódico, ve una serie que no le interesa, dormita, ojea el viejo álbum de fotografías. Ella con Jacinto el día de la boda…, el bautizo de Carlota…, los tres en Salou…, la boda de Carlota… De vez en cuando se asoma a la ventana desde donde puede ver niños jugando en la plaza Molina mientras las mamas conversan sentadas en los bancos.

La tarde va cayendo, luces brillantes iluminan otras casas, la suya sin darse cuenta se sumerge en las sombras.

Enciende la luz. Al llegar junto la puerta de entrada vuelve a poner la llave en la cerradura.

Quizá mañana… piensa. Sin cenar se dirige a su habitación.

Al pasar por la cocina se da cuenta que Romba, el pequeño aspirador se ha quedado sin batería delante del fregadero.

─ Estas igual que yo… ─cada día más viejos, ─le dice colocándolo en el cargador─. Buenas noches amigo.

La soledad hace extraños compañeros de viaje.