Fundación Harena

Por María Carrasco

Ya sé que arena se escribe sin hache, por eso precisamente me llamó tanto la atención.

Mi padre murió un ocho de mayo, una mañana radiante, el cielo azul rotundo del mar y el cielo nos regaló una cálida tarde de despedida.

Mi madre se quedó muy sola, en una casa demasiado grande para ella.

Leí a que se dedicaba la fundación por casualidad, pensé que si yo acompañaba a una persona mayor en mi mismo barrio, alguien cuidaría de mi madre a doscientos kilómetros de mi ciudad. Como el efecto mariposa, una cadena de favores que reblandeciera el corazón de algún gaditano.

Así conocí a Isabel, una bellísima mujer de noventa y tres años.

Su casa tiene fotos de cuando era una chiquilla. Desde el papel coloreado sonríe con los ojos brillantes y un hermoso pelo peinado como las actrices de Hollywood. Realmente era y es muy guapa.

Me besa mucho, agradece que pierda mi tiempo junto a ella. Habla sin parar, vive sola, lo comprendo. Cuenta historias de los familiares que nos miran desde las fotografías del aparador. La sobrina que bailaba flamenco y murió en Méjico, sola, en su habitación, durmiendo, sin que nadie lograra averiguar que ocurrió. El hermano que descubrió que sus últimos dos hijos no eran realmente suyos y, sin embargo, los crió, les dio su apellido y cerró los oídos a los comentarios de la calle.

A veces habla de la guerra, tiene miedo aún de contar la verdad.  Su vida no ha sido fácil.

Con el tiempo, las dos horas a la semana que le dedico, han fortalecido nuestra amistad. En Navidad la he llevado a un concierto al teatro Cervantes. Se ha quedado fascinada mirando el fresco del techo, el enorme escenario. En carnaval la acompañé a la celebración del barrio, un baile de disfraces de los centros de la tercera edad. Ha disfrutado como una niña.

Si alguna semana no puedo ir a verla la echo de menos. Es dulce, educada, una señora perdida en un matrimonio con un  borracho y un trabajo de limpiadora que siempre la esclavizó. Congeniamos porque yo también estoy  atrapada en un trabajo que no me gusta, me siento como ella cuando era joven,  fuera de lugar,  como si la vida me hubiera robado algo.

Isabel a veces se queda callada, mira fijamente y luego me toca la cara con su mano huesuda. Confiesa que no tiene fuerzas para seguir viviendo, que ya es la hora de marcharse. Siempre le digo que será lo que Dios quiera. No sabe que ella me hace más bien a mí que yo a ella, no es consciente de la compañía que me aporta, de que su amistad es importante, necesaria. Este ángel precioso ha llegado a mi vida para darme la oportunidad de dar amor.

La fundación Harena  pone en contacto a ancianos que se encuentran solos con personas que quieran regalar su tiempo haciéndoles compañía. En mi caso ha sido al revés, yo soy la que está sola y ella la que me regala su tiempo.

Gracias Isabel.

Vida y naturaleza

Por Maria Jesús Sanz Rivero

NUNCA EN MI JUVENTUD PENSÉ QUE LLEGARÍA A LA VEJEZ POR ESO ME LLEGO SIN PENSAR, NI PLANIFICAR ESTE TIEMPO QUE ESTOY VIVIENDO, LA NECESIDAD ME SACRIFICO A TRABAJAR DIEZ AÑOS MAS DE LO QUE CORRESPONDE, PERO NO ME IMPORTO EN NINGÚN MOMENTO, ESTABA BIEN Y MI MENTE DESPEJADA, CUANDO LLEGO EL DÍA DE QUEDARME EN CASA, PRIMERO DESCANSE UN TIEMPO, DANDO LARGOS PASEOS POR MI CIUDAD, Y FIJÁNDOME EN CADA DETALLE, EN ESOS BALCONES Y TERRAZAS LLENOS DE PLANTAS Y FLORES, COMO NADA TEMA QUE HACER, DECIDÍ HACER DE MI TERRAZA UN JARDÍN Y UN HUERTO QUE LLENASE MIS MOMENTOS VACÍOS DE VIDA Y ALEGRÍAS, EN UNOS CAJONES DE MADERA VIEJOS CON UNOS PLÁSTICOS POR DENTRO, Y BUENA TIERRA EMPECÉ COMO DE BROMA A CULTIVAR TOMATES, PIMIENTOS, CEBOLLITAS, ZANAHORIAS, ACELGAS, Y UNAS FRESAS RIQUÍSIMAS, SOLO CUATRO O CINCO PLANTAS DE CADA ESPECIE, YO FUI HIJA DE UN HORTELANO MUY TRABAJADOR, SE SUPONE QUE ALGO DEJO EN MI, AQUEL HORTELANO MI PADRE.

LO QUE DUDE LO ENCONTRÉ EN ALGUNOS LIBROS, Y EN INTERNET, NO PODÉIS IMAGINAR LA ALEGRÍA QUE DÍA A DÍA ESTO TE HACE SENTIR, VER COMO CRECEN Y FLORECEN AQUELLAS PLANTITAS QUE TU CUIDAS, Y SE LLENA DE TOMATITOS Y PIMIENTOS PEQUEÑITOS, QUE CRECEN CON TU AYUDA, ES UNA EXPERIENCIA QUE TODOS PODEMOS TENER, NO DAÑARA A NUESTRA ECONOMÍA, ES BARATO, Y TIENE RECOMPENSA CUANDO CADA PLANTA TE DA SU FRUTO, ES POQUITO PERO TE SABE A GLORIA CADA COSA QUE RECOGES.

SE PUEDE HACER EN MACETAS EN CAJAS PEQUEÑAS DE MADERA CARTÓN DURO Y BOLSAS DE PLÁSTICO POR DENTRO.

A SI PASO MI TIEMPO SALIENDO A PASEAR ALGÚN CAMPO CERCANO PARQUE, O JARDINES, SENTARME UN RATO Y PENSAR LO BELLO QUE ES EL MUNDO, LA SUERTE QUE TENGO DE MI SOLEDAD Y MI LIBERTAD ADMIRAR LA BELLEZA DE LA NATURALEZA QUE CRECE Y FLORECEN SIN PERMISO DE NADIE.

EL ALMA DEL SER HUMANO IGUALMENTE CRECE, PERO NECESITA AYUDA, DE NUESTROS HECHOS, NUESTRA MENTE, Y NUESTRA ENERGIA, AUN SIENDO MAYORES, SOLO SE TRATA DE ACTITUD, RECORDAR LOS BUENOS MOMENTOS DE NUESTRAS VIDAS, NO PENSAR EN AQUELLO QUE NOS FALTA, SINO EN AQUELLO QUE TENEMOS QUE LA VIDA NOS DIO, SI DE NUESTRO ESFUERZO, Y TENEMOS EN NUESTRAS MANOS Y NO SABEMOS MANEJAR LAS PEQUEÑAS COSAS QUE TE HACEN FELIZ, Y AGRADECER EL TIEMPO CONCEDIDO QUE TENEMOS AQUÍ EN ESTE MUNDO, LLENO DE VIDAS PLANTAS, AVES, ANIMALES, Y SERES HUMANOS, QUE CON EL AGUA, EL SOL, Y EL AIRE, TENEMOS VIDA. ENRIQUECE LA TUYA. GRACIAS.

Soledad compartida

Por Milagros Uya

Tengo nuevas amigas, todas estamos en los ochenta, quizás pobres en la salud, pero ricas en los recuerdos.

También en la compañía y la soledad nos reconocemos, la familia, hijos, nietos, si los hay, tienen su vida en acción y aunque algo dan, si hay buena relación, quedan muchas horas de soledad, que debemos aprender a llenar.

Y nos ponemos en pie. Enseguida conocemos los Centros de Mayores de Ayuntamiento y Comunidad. En uno de ellos estamos y vemos la gran oferta que existe, cursos, tertulias, conferencias, lectura, viajes, excursiones, visitas y hasta jugar a las cartas si te gusta.

El día es largo y hay que llenarlo. Cómo hemos dormido, a veces cuesta y hay que recurrir a la infusión o la mecedora que ayuda con su suave movimiento.

Hay que levantarse, primero miramos cómo está, el tiempo, si hace frío o calor, pues todo cuenta, no solo en el vestir, también en las ganas de salir.

Es bueno caminar, el mejor ejercicio para mantener la mente activa sin que sufra el corazón y bueno hacerlo a diario por lo menos media hora.

Miramos la agenda, hoy toca una clase sobre la artrosis, una enfermedad tan frecuente a nuestra edad, la imparte el Dr. Ron, profesor emérito de biofísica, ejemplo en actividad, pues cumple 93 años y no cesa de caminar, pensar, compartir y saber vivir en soledad. Una norma que no debe faltar: Si quieres puedes. Nos lo creernos y aunque duela aquí y allá nos ponemos en acción y poco a poco parece que nos sentimos mejor.

Aliviando la soledad

Por Carmen Trujillo Petisco

Tras escuchar en la radio la noticia del último caso de fallecimiento de una señora mayor que vivía sola, Alicia bastante preocupada no salía de su asombro.

-¡Parece mentira que esto suceda en Madrid en el 2019! -exclamó en voz baja.

Rápidamente pensó en su vecina Encarna; apenas salía de casa y, tan sólo era unos años mayor que ella. Los sábados por la mañana solía ir su hija a verla y llevarle comida, después de ese buen rato de nuevo se quedaba sola, esa era la única compañía que recibía a la semana la infortunada mujer.

Sin pensarlo dos veces, Alicia se dirigió a casa de su vecina.

-Encarna, soy yo Alicia, ábreme la puerta y charlaremos un rato.

-Espera, que ya llego -respondió Encarna al tiempo en que Alicia escuchaba los lentos pasos de la señora ayudándose del bastón.

Encarna abrió la puerta y ambas vecinas se sumieron en un cariñoso saludo.

-Estaba pensando en salir a dar un paseo. ¿Te gustaría acompañarme?

-No, no, si yo no tengo la costumbre de salir, estoy mejor en casa -respondió Encarna aún con la puerta entreabierta.

-Por eso, te conviene tomar el aire y hoy hace un día estupendo, soleado y con buena temperatura, venga vamos -le insistió Alicia.

-Pero si es que me da mucho miedo caerme, que después estoy muy dolorida y tardo semanas en recuperarme -añadió Encarna con semblante de pesar. Déjalo, te lo agradezco, pero no me atrevo.

-Por favor, acompáñame -le suplicó Alicia-. Te pones un cómodo calzado, llevas el bastón y con mi apoyo nos acercamos al parque a ver jugar a los peques.

-Bueno, pasa, me has convencido. Voy a prepararme…

De esta sencilla forma, Alicia y Encarna acordaron salir a pasear casi todos los días de esa agradable primavera, comenzando a forjar un inicio de lo que llegaría a ser una buena amistad. También decidieron acercarse de vez en cuando al centro de mayores de la zona, e inscribirse en alguna actividad adecuada para ellas.

Alicia solía recibir alguna que otra visita, aunque de corto tiempo, de algunos de sus nietos y otros familiares, encuentros a los que Encarna solía estar invitada como si se tratara de un miembro más de la familia, aunque de vez en cuando ponía alguna que otra excusa para respetar la intimidad de su agradable vecina.

Con razón uno de los nietos mayores de Alicia, estudiante de sociología, había concretado a ambas que, en las grandes ciudades como Madrid dominaba la incomunicación: “cada uno va a lo suyo”, había dicho el joven -recordaba Encarna a quien se le había grabado bien el comentario, aunque realmente, para ella el apoyo con su vecina Alicia le habían venido “como caído del cielo”.

Historia de Teodora Collado

Por Escuela de Jóvenes La Sombrilla / Proyecto Yayotubers

Poema

Por Eloísa Pardo. Universidad Popular de Leganés.

La carta

Por Programa Activa tu Barrio. Centros Socioculturales Ayuntamiento de Vitoria.

Cuatro testimonios

“Nunca seremos suficientemente mayores como para no poder aprender algo nuevo. Por ejemplo, ya no me siento cómoda caminando kilómetros hasta el atardecer, así que he buscado nuevos retos que se adapten a mis condiciones actuales. Hace unos meses le he dado una oportunidad a la pintura y he descubierto una gran pasión. Mi último intento fallido fue el piano, creía que me encantaría, pero resultó ser un error.

No pasa nada por probar y fallar, lo importante es no cerrarse a vivir nuevas experiencias, a tener nuevas sensaciones, así descubriremos cosas nuestras que ni sospechábamos. Sólo tenemos una oportunidad de vivir, no podemos dejar que el tiempo nos quite parte de la magia que es la vida.”

Lorena Rodríguez Rial, 83 años


“No veo a la vejez como algo negativo, como mucha gente piensa. Para mí el secreto está en adaptar lo que puedo hacer a mi situación actual y sobre todo mantenerme muy activa, evitar el aislamiento y seguir viviendo intensamente. Y me preguntareis ¿qué hago para conseguirlo? Pues entre otras cosas hago gimnasia varias veces por semana, realizo ejercicios de memoria, atención, lenguaje, disfruto con actividades de música, baile y doy mucha importancia a mi ocio y tiempo libre, entre otras cosas. También quedo con mi grupito de amigas del barrio y pasamos la tarde en el parque, como si fuéramos quinceañeras. En definitiva lo que hago es  seguir disfrutando de los pequeños placeres de la vida. ¡Ah, otra cosa muy importante! no hay domingo que no baje a tomar mi vermut con las amigas, hay cosas que son sagradas.”

Aurea Egido Barrena, 91 años


“Ahora, que mis nietos han crecido y ya no me necesitan, ahora que tengo tiempo para mí misma, he escrito una lista de sueños pendientes.

¡He vuelto a las aulas! Sé que ya no puedo ir a clases de zumba, como pretendía, pero sí que puedo asistir a gimnasia de mantenimiento; ya sabéis aquello de: “Madrecita, que me quede como estoy”. También acudo a informática. La tecnología es el mejor modo de estar en contacto con toda la familia a la vez. Y además cuento con la ayuda de Google, que responde a todas mis preguntas sin llamarme pesada. Mi memoria ya no es la de antes, pero no importa. Como decía mi madre, más vale un lápiz corto que una memoria larga.

Las alumnas de “Aulas de la Tercera Edad” seguimos siendo mujeres otoñales, pero la ilusión que nos hacen sentir allí hace que florezcan brotes de primavera en nuestro interior.

Raquel Zaragoza Durá, 64 años


“Ellas, las mujeres mayores, las sabias, las de la generación que tuvo que defender un sitio social, una visibilidad, un derecho para poder trabajar, para poder heredar, para poder firmar, son las que siempre me cuentan que todo pasa, que ahora no se aguanta nada, antes se aguantaba todo….pero que se está mejor ahora.

Esas mujeres han aprendido a plantarle cara a la soledad, han aprendido a cambiar una soledad triste e ingrata en la mayor parte de los casos, por una soledad en la que, a veces, se dejan sorprender. Donde cualquier novedad en sus vidas supone poder vivir algo que un día quedó aparcado o sin posibilidad, no es fácil para ninguna dejar atrás una vida, pero lejos de cerrarse, observan con curiosidad posibilidades antes ignoradas o no atendidas.”

Teresa Durán  Bejarano, animadora sociocultural de un centro de mayores

La senyora Manuela i l’Omar / La señora Manuela y Omar

Por Liliana Mercado Babot

(versión original en catalán y debajo traducción al castellano) 

En un petit pis del Raval vivia la Manuela, una vídua de vuitanta-cinc anys que pràcticament només sortia de casa per anar a comprar les quatre coses que necessitava.

Quan feia bon temps i les cames l’hi permetien però, li agradava anar a la placeta més propera, on s’asseia en un banc, el seu banc. Allà s’hi podia passar hores observant la gent: nens que jugaven a futbol i no trobaven el moment de tornar a casa, joves amb bicicletes i monopatins que feien autèntiques filigranes, turistes que ho fotografiaven tot, i homes i dones que portaven aquella roba amb els estampats multicolors que tant la fascinaven.  En els darrers anys, el barri i els veïns havien canviat molt. Amigues de tota la vida s’havien mort, eren a la residència o havien tornat al poble amb les respectives famílies. Ella però no tenia on anar, no tenia ningú.

Aquell matí havia decidit fer les compres aviat per evitar cues i aquelles mirades d’enuig que alguns clients li llançaven quan trigava una mica més del compte a pagar. De vegades tenia la sensació que feia nosa i que ja no valia per a res. Amb aquests pensaments va tornar a casa i en pujar per l’escala va relliscar. Un veí va sentir el soroll de la caiguda i en sortir al replà, va veure la dona estesa a terra i el contingut de les bosses escampat per tot arreu. Amb dues gambades es va plantar al seu costat i la va ajudar a alçar-se. Després d’assegurar-se que estava bé i omplir les bosses, la va acompanyar al seu pis.

– Moltes gràcies, xiquet! Com et dius?

– Omar.

– Jo sóc la Manuela. No t’havia vist mai…

– M’ acabo de mudar fa un parell de setmanes.

– Ah, ja deia jo…

La Manuela estava adolorida i li va demanar a l’Omar si podia deixar la compra a la cuina. Després de servir-se un got d’aigua, el va convidar a un refresc i a asseure’s a la sala.

– Així doncs, d’on ets, Omar?

– D’Essaouira.

– On és això?

– Al Marroc.

L’Omar havia deixat la dona i els dos fills amb els sogres i havia vingut a Barcelona a buscar feina. Des de feia un any treballava en un magatzem i fins aleshores havia compartit pis amb uns companys, però gràcies als estalvis i a un amic que tenia contactes, havia aconseguit mudar-se al Raval. Quan s’ho pogués permetre, portaria la seva família.

Uns dies més tard, en tornar de la feina l’Omar va veure la Manuela asseguda en un banc de la placeta i se li va atansar. Al principi la dona no va notar la seva presencia perquè estava absorta mirant un grup de noies joves que assajaven una coreografia davant dels finestrals de la biblioteca municipal. Seguia el ritme de la música amb el peu i de tant en tant es posava la mà davant la boca amb cara de sorpresa i feia una mitja rialla.

– Hola, senyora Manuela. Què tal?

– He baixat per distreure’m una mica, i la veritat és que m’ho estic passant la mar de bé. Mira com ballen aquestes noies! Quin ritme! Això sí, de vegades fan uns moviments una mica indecents!

L’Omar es va seure al seu costat i van estar una bona estona xerrant.

Les converses a la placeta es van convertir en una mena de ritual i la Manuela esperaba aquelles trobades en el banc, que ara ja anomenava ​el nostre ban ​ c, amb il·lusió. De vegades es passaven la tarda xerrant de les seves vides, i d’altres romanien en silenci observant el que els envoltava. Aquells eren sens dubte els millors moments de la setmana.

Una tarda van picar a la porta. La Manuela no esperava ningú i quan va mirar per  l’espiell va veure la cara radiant de l’Omar. En obrir va comprovar que no estava sol. Darrera seu van aparèixer una dona i dos nens vestits amb aquella roba de colors que tant la fascinava.

– Senyora Manuela, li vull presentar la meva família.

– Com és que no m’havies dit res?

– Volia que fos una sorpresa!

Els menuts van preguntar una cosa al seu pare en un idioma que ella no entenia, i en veure que el seu pare assentia i somreia se li van apropar i la van abraçar.

– Els he parlat de tu i estan molt contents de tenir una àvia a Barcelona.

La Manuela es va quedar parada sense saber ben bé què dir. Dues llàgrimes van rodolar per les seves galtes.


En un pequeño piso del Raval vivía Manuela, una viuda de ochenta y cinco años que sólo salía de casa para ir a comprar las cuatro cosas que necesitaba. Eso sí, cuando hacía buen tiempo y las piernas se lo permitían, le gustaba ir a la plaza más cercana, donde se sentaba en un banco, su banco. Allí se podía pasar horas observando la gente: niños que jugaban al fútbol, jóvenes con bicicletas y monopatines que hacían auténticas filigranas, turistas que lo fotografiaban todo, y hombres y mujeres que llevaban aquella ropa con estampados multicolores que tanto la fascinaban.

En los últimos años, el barrio y los vecinos habían cambiado mucho. Amigas de toda la vida habían muerto, estaban en la residencia o habían vuelto al pueblo con las respectivas familias. Pero Manuela no tenía otro sitio a dónde ir, no tenía nadie.

Aquella mañana había decidido hacer las compras pronto para evitar colas y aquellas miradas que algunos clientes le arrojaban cuando tardaba un poco más de la cuenta a pagar. A veces tenía la sensación de que estorbaba.

Con estos pensamientos volvió a casa y al subir por la escalera resbaló. Un vecino oyó el ruido y al salir al rellano, vio a la mujer tendida en el suelo y el contenido de las bolsas esparcido por todas partes. Con dos zancadas se plantó a su lado y la ayudó a levantarse.

– ¡Muchas gracias, chico! ¿Cómo te llamas?

– Omar.

– Yo soy la Manuela. No te había visto nunca.

– Me acabo de mudar hace un par de semanas.

– Ah, ya decía yo…

Manuela estaba dolorida y le pidió al Omar si podía dejar la compra en la cocina. Tras servirse un vaso de agua, lo invitó a un refresco y a sentarse.

– Así pues, de ¿dónde eres, Omar?

– De Essaouira, en Marruecos.

Omar había dejado allí a su mujer y los dos hijos y había venido a Barcelona. Trabajaba en un almacén y hasta entonces había compartido piso, pero gracias a los ahorros y a un amigo que tenía contactos, había logrado mudarse al Raval. Cuando se lo pudiera permitir, traería a su familia.

Unos días más tarde, al volver del trabajo, Omar vio a Manuela sentada en un banco de la plaza y se le acercó. Al principio la mujer no notó su presencia porque estaba absorta mirando a un grupo de chicas que ensayaban una coreografía. Seguía el ritmo de la música con el pie y de vez en cuando se ponía la mano delante de la boca y se le escapaba una media sonrisa.

– Ah, hola, Omar- dijo Manuela al verle

– He bajado para distraerme y la verdad es que me lo estoy pasando en grande. Mira cómo bailan estas chicas. Eso sí, a veces hacen unos movimientos un poco indecentes.

Omar se sentó a su lado. Los encuentros en la plaza se convirtieron en una especie de ritual y Manuela esperaba con ilusión a Omar en el banco, que ahora ya llamaba nuestro banco. A veces se pasaban la tarde charlando de sus vidas, y otras permanecían en silencio observando lo que les rodeaba.

Una tarde llamaron a la puerta. La Manuela no esperaba nadie y cuando miró por la mirilla vio la cara radiante del Omar. Al abrir comprobó que no estaba solo. Detrás de él aparecieron una mujer y dos niños vestidos con aquella ropa de colores que tanto la fascinaba.

– Señora Manuela, le quiero presentar mi familia.

– ¿Cómo es que no me habías dicho nada?

– ¡Quería que fuera una sorpresa!

Los pequeños preguntaron algo a su padre en un idioma que ella no entendía, y al ver que su padre asentía y sonreía se le acercaron y la abrazaron.

– Les he hablado de ti y están muy contentos de tener una abuela en Barcelona.

La Manuela se quedó parada sin saber muy bien qué decir. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

El Mirall / El Espejo

Por Mercè Sau Bayerz

(versión original en catalán y debajo traducción al castellano) 

Passo moltes tardes asseguda a la butaca al costat de la finestra. Avui, el meu nét Ricard m’ha deixat molt sorpresa. Ha vingut corrents, com sempre, però amb un somriure als llavis i una caixa a les mans.

Dins la caixa hi ha dos miralls petits, els treu amb molt de compte i em diu:

– Àvia, amb això podrem parlar tu i jo!- I se li omple  la cara d’un somriure franc i sincer.

Jo no entenc res. Parlar amb un mirall? em pregunto a mi mateixa,  i faig una ganyota d’incredulitat.

Tot seguit m’explica que l’altre dia va sentir com li deia a sa mare que em sentia cada dia més sola, que el telèfon trucava cada vegada menys, que no entenia el mòbil i em feia un embolic amb els missatges que arribaven; que  les amigues, igual que em passa a mi, ja no tenen ganes de sortir a passejar, anar al cinema, al teatre, a concerts… Ara penso que el meu neguit era que jo no la volia preocupar a la meva filla, però del que no me’n vaig adonar  és  que en Ricard estava alerta de la nostra conversa, perquè com sempre, jugava amb els seus cotxes i motos. No se’n cansa mai! En Ricard segueix explicant-me:

– Mira àvia, ja ho tinc tot pensat. Com que nosaltres vivim a l’altra banda del carrer, i  ens podem veure per la finestra…, ara a més a més  de veure’ns, podrem parlar. Abans ho feien servir, quan no hi havia telèfons.

Treu un full on hi ha escrit l’alfabet Morse, me’l dona i diu:

– Aquí tens totes les lletres que necessites per escriure. La mare sempre diu que escrius molt bé.

I m’explica que haig d’encarar el focus de llum, que faig servir per llegir, cap al mirall i llavors jugar amb el mirall, orientant-lo. Si ho deixo poca estona seran els punts, i si ho allargo més seran les ratlles.

Em diu  que ell farà el mateix des de la seva habitació i que així ens podrem explicar coses sempre que vulguem. Me’l miro, li faig una forta abraçada i llavors sense poder-ho evitar una llàgrima em rodola galta avall. A partir d’ara, estar asseguda al costat de la finestra, m’ajudarà a sentir-me acompanyada i molt estimada.


Paso muchas tardes sentada en el sillón junto a la ventana. Hoy, mi nieto Ricard me ha dejado muy sorprendida. Ha venido corriendo, como siempre, pero con una sonrisa en los labios y una caja en las manos.

Dentro de la caja hay dos espejos pequeños, los saca con cuidado y me dice:

– Abuela, ¡con esto podremos hablar tú y yo! – Y se le llena la cara de una sonrisa franca y sincera.

Yo no entiendo nada. ¿Hablar con un espejo? me pregunto a mí misma, y ​​hago una mueca de incredulidad.

A continuación, me cuenta que el otro día escuchó como le decía a su madre que me sentía cada día más sola, que el teléfono sonaba cada vez menos, que no entendía el móvil y me hacía un lío con los mensajes que llegaban. Que las amigas, al igual que me pasa a mí, ya no tienen ganas de salir a pasear, ir al cine, al teatro, a conciertos. Ahora pienso que mi inquietud era por no preocupar a mi hija, pero no me di cuenta de que Ricard estaba siguiendo nuestra conversación, porque, como siempre, jugaba con sus coches y motos. ¡No se cansa nunca! Ricard sigue explicándome:

– Mira abuela, ya lo tengo todo pensado. Como nosotros vivimos al otro lado de la calle, y nos podemos ver por la ventana, pues ahora además de vernos, podremos hablar. Antes lo utilizaban, cuando no había teléfonos.

El niño saca una hoja donde está escrito el alfabeto Morse, me lo da y dice:

– Aquí tienes todas las letras que necesitas para escribir. Mamá siempre dice que escribes muy bien.

Y me cuenta que tengo que dirigir el foco de luz que uso para leer, hacia el espejo y entonces jugar con el espejo, orientándolo. Si lo dejo poco rato serán los puntos y si lo alargo más serán las rayas.

Me dice que él hará lo mismo desde su habitación y que así nos podremos explicar cosas siempre que queramos. Lo miro, le hago un fuerte abrazo y entonces sin poderlo evitar una lágrima me rueda mejilla. A partir de ahora, estar sentada junto a la ventana me ayudará a sentirme acompañada y muy querida.