Cartas de ida y vuelta entre jóvenes acogidos por Accem y los alumnos de una escuela de Barcelona

Desde el Programa de Atención Humanitaria a Inmigrantes (PAHI) llevamos a cabo en Barcelona durante el pasado curso escolar un proyecto de intercambio epistolar entre las personas acogidas y el alumnado de 3º de Primaria de la escuela La Llacuna del Poblenou. Aprovechando que los niños y niñas se encontraban en proceso de aprendizaje de la lectura y escritura, las profesoras de la escuela, junto con técnicas de nuestro equipo, han querido acercar a sus alumnos y alumnas las vidas y sueños de las personas migrantes, a través de la redacción y envío de cartas.

Cuatro jóvenes procedentes de Mali, Burkina Faso y Camerún, que habían llegado hacía poco tiempo y se encontraban en proceso de aprender la lengua castellana, han participado de este proyecto. Así podían, por una parte, poner en práctica sus conocimientos en una lengua nueva para ellos. Por otra, más importante aún, se sentían leídos y escuchados, hablando de sí mismos más allá de la etiqueta de ‘inmigrantes’.

Antes de que llegara el momento de las cartas, una técnica de Accem había acudido a la escuela para ofrecer una charla al grupo. Una ocasión que sirvió para explicarles los motivos que llevan a las personas a la emigración, la dureza del proceso migratorio, tanto durante el trayecto como también después de llegar a nuestro país. Este encuentro cosechó una gran acogida y un debate muy participativo entre los niños y niñas de la escuela, que ofrecieron sus puntos de vista, sus opiniones y sus propias soluciones.

Pero sobre todo, se interesaron por conocer más a los jóvenes migrantes de los que estaban hablando, por saber de sus vidas, sus inquietudes, sus aficiones, sus gustos… y compartir las suyas propias con ellos. Se conseguía así el primer objetivo de esta actividad de sensibilización: mirar más allá, ver a la persona antes que la etiqueta.

Recogido el guante, y a través del proyecto PAHI, los jóvenes acogidos por Accem redactaron sendas cartas de presentación a los niños y niñas que se habían interesado por ellos. En estas cartas hablaban de la música que más les gustaba, su deporte favorito, su equipo de fútbol, su comida preferida o de las cosas que les hacían reír o sentir miedo. Recibidas estas cartas por sus pequeños/as destinatarios/as, escribieron, divididos/as en pequeños grupos, las suyas propias. A partir de ese momento, se generó una dinámica en la que cada carta recibida suponía para todos/as un momento de alegría, y la posterior espera un tiempo de entusiasmo e ilusión. A lo largo de esta correspondencia unos/as y otros/as se fueron contando sus experiencias personales y se fueron creando al mismo tiempo una imagen de cómo serían las personas con las que se estaban escribiendo.

Finalmente, llegó el momento, con el final del curso, del colofón a este bonito proyecto, con un encuentro con ambos grupos en la escuela. Los alumnos y alumnas de la escuela prepararon un pica-pica y recibieron a los chicos que habían escrito las cartas. El encuentro fue algo mágico, maravilloso, lleno de nervios, alegría y emoción por ambas partes. Su recibimiento en la escuela fue apoteósico, ¡como si esperaran a grandes estrellas del deporte! Los niños y niñas tenían que poner nombre en cada cara y ¡acertaron! Como si ya los conocieran, porque de hecho así era, los conocían sin verlos porque eran cómplices de una parte de su vida.

Lo más importante y remarcable de este proyecto ha sido la conexión que se estableció entre unos/as y otros/as como iguales, alejada de estereotipos que lo único que provocan es enfatizar nuestras diferencias en vez de nuestras similitudes. Para los chicos, dar a conocer sus historias, sus sueños, sus deseos, tan iguales como los de cualquier otro chico de su edad, les permitió reparar un poco de su dignidad rota, porque podían sentir que sus historias eran importantes y los hacían únicos, algo que tal vez no habían sentido en mucho tiempo.

El día del encuentro fue algo fantástico para todos y todas, solo faltó tiempo para hablar más, para contarse más historias, para jugar y pasarlo bien. Los niños y niñas de la escuela de La Llacuna del Poblenou ya les han invitado a volver a su escuela después del verano y los chicos ya están pensando en volver.

 

Por Estíbaliz Benito Mateo, de Accem en Barcelona 

El éxodo de Achraf

La historia de Achraf (nombre ficticio) es una entre tantas historias vividas por personas que abandonan sus países de origen. Niños y niñas que dejan atrás a sus familias y se embarcan en travesías migratorias que, aunque peligrosas, sienten que les aleja del ostracismo, de la persecución y de la muerte.

Mi infancia en Mauritania

Me llamo Achraf y nací en Zuerat, una ciudad del norte de Mauritania. Vivía con mis padres y mis catorce hermanos. En el barrio vivían también mis tíos y primos. Éramos muchos y no tuve la atención total de mi madre… no tenía para dar a todo el mundo.

Con mi padre no había comunicación. Trabajaba en una mina de hierro por muy poco dinero y recuerdo que había muchos problemas porque mucha gente moría en ese trabajo. Mi madre estaba en casa, en silla de ruedas, y venían a veces los abuelos y las tías… toda la familia vivíamos en el mismo sitio. Éramos pobres, no teníamos nada, solo lo básico, pero no hasta el punto de pasar hambre. El agua la traíamos de una fuente de fuera, no teníamos agua en casa. Si queríamos algo, no podíamos comprarlo. No podías comprar cualquier cosa.

Cada uno hacía lo que quería, y la mayor parte del tiempo estábamos jugando. Tenía amigos, pero no jugaba mucho con ellos. Mis amigos eran mis primos; no tenía amigos fuera. A la escuela no fui… como era árabe me mandaron a aprender el Corán a un sitio que es como un aula a la que va la gente para aprender, pero no a una escuela.

Todo era normal, salvo porque mi hermano estuvo abusando de mí unos siete años. Se lo conté a mi madre, pero ella quería proteger más a mi hermano que a mí. No quería que tuviera consecuencias, aunque tampoco podía hacer nada, estaba enferma.

Desde los ocho años viví en un miedo continuo, siempre tenía miedo de que la gente se enterase de lo que mi hermano hacía… La orientación sexual era algo peligroso. Recuerdo que te podían perseguir e incluso matar, te podían matar incluso si solo hacías algún gesto raro. Y la persecución era tanto por la policía como por el entorno, por la comunidad. Era algo prohibidísimo. Si se llegaban a enterar de lo que me hacía mi hermano podrían matarle.

Cuando era pequeño había algo raro con los demás, pero yo intentaba siempre no darles motivos ni enseñarles cuál era mi orientación sexual. Elegí separarme del resto después de lo que me pasó con mi hermano. Me perjudicó psicológicamente. Preferí estar apartado de todo el mundo. Tenía miedo a que alguien me viera, se me acercara y quisiera algo de mí también, o me tratara mal… siempre me alejaba.

Estuve hasta los 12 años en mi pueblo. La gente con poder hacía lo que quería… y la que no, pues tenía que tragar. La gente trabajaba por muy, muy poco dinero. Teníamos un ambulatorio pequeño con un médico, pero no era un hospital… aunque estábamos todos sanos, ¡gracias a Dios!

En mi familia éramos musulmanes practicantes. Yo vivía mi espiritualidad. Soy musulmán y soy muy creyente, porque creo que Dios me ha ayudado muchísimo en mi vida. A mí nadie me ha dado nada. Es gracias a Dios que sigo aquí. Sé que en la religión la homosexualidad está prohibida, pero si Dios quiere que haya sido así, soy así.

El comienzo del éxodo

Yo tenía un amigo, que era mi primo. Y cuando tenía doce o trece años, el mismo juego que hacía mi hermano conmigo, yo lo hacía con mi amigo. Pero era consentido por los dos. Un día, cuando estaba jugando con él, nos pegaron en la cabeza. Casi nos matan. Entonces decidí irme de casa. La gente empezó a enterarse y por eso me fui sin decir nada a nadie. Me marché con mucha amargura. Allí nadie sabe si sigo vivo o estoy muerto.

Cogí un tren a Nuadibú, aunque en ese momento no sabía el destino. Solo quería huir de ahí. Estuve mucho tiempo viviendo en el puerto, de las limosnas de la gente. Abusaron de mí también, muchas veces. Muchos hombres me decían: “te voy a ayudar, te doy cariño, te ayudo…”. Pero el objetivo era el sexo.

Un día decidí que quería salir de ahí. Subí a un camión que salió por la mañana y, por la tarde, ya estaba en Marruecos. Nunca más he vuelto a mi país.

Llegué a Dajla, una ciudad al sur de Marruecos. Las ciudades del sur de Marruecos son muy similares a Nuadibú. Yo podía pasar por marroquí, porque el acento era muy similar… Como era verano, dormía en la calle.

En Marruecos me empecé a juntar con gente con mi misma orientación sexual. Pero la situación fue el mismo infierno porque la posición para los homosexuales allí también es muy mala: no puedes pedir ayuda. Si hubiera pedido ayuda me habrían atacado y encima me habrían dicho que la culpa es mía. No puedes decir que eres homosexual ni que te quieren violar o que te han violado. Lo bueno es que había un apoyo entre las personas que estábamos juntas en la calle.

Después de Dajla me marché a El Aaiún y allí me quedé también en la calle. Nos encontramos con mafias que nos pedían mucho dinero para transportarnos. Nos juntábamos en grupos y nos poníamos a investigar cómo cruzaba la gente para llegar a Canarias. Finalmente pude ahorrar el dinero necesario para ir a Tan-Tan, y de allí acabé en Agadir. Iba sin destino. Sufrí mucho. La gente era violenta. Se imponía siempre la ley del más fuerte.

En Agadir acabé en una estación de autobuses en la que todo el mundo sin hogar se juntaba. En Agadir la gente pagaba por tener sexo. Antes era forzado. Ahora se pagaba por ello. Empecé a fumar colillas del suelo, luego el pegamento… hasta llegar a Marruecos nunca había tomado drogas. En Agadir era obligatorio ir con una pandilla, no se puede sobrevivir solo en la calle. Y como la pandilla con la que iba se metía esto, yo también lo probé. Con esto me olvidaba de todo. No sentía ni hambre, ni soledad. Todos en la pandilla hacíamos lo mismo… todos hacíamos sexo a cambio de dinero o de comida o de droga.

Juventud en Marruecos

Tras algunas otras paradas por distintas ciudades de Marruecos, me quedé tres años en Casablanca. Es una ciudad bastante conflictiva. Un día conocí a un carpintero y le pedí trabajo. Me preguntó: “pero, ¿dónde vives?”, y le dije: “soy del Sáhara, vivo en la calle”. El carpintero me respondió: “no hay problema, vives conmigo”. Este señor era muy bueno y tenía muy buena intención.

Un día conocí a un chico cerca del taller que empezó a venir a verme al local. La madre del chico me invitaba a comer, a subir a casa… El chico me llevó a unas asociaciones de actividades y entonces empezó entre nosotros una relación mucho más estrecha que derivó en amor entre los dos. Nadie sabía nada, ni siquiera el carpintero… hubiera tenido problemas si alguien llegaba a enterarse.

El chico era buen chaval. Estudiaba y yo le acompañaba por la tarde a la asociación: hacíamos teatro e íbamos a clases para aprender a leer y escribir. Su primo también empezó a salir con nosotros. Comencé a comer bien, a dormir bien y la gente me trataba mejor. Después de que el primo viniera mucho con nosotros y nos hiciéramos más amigos, nos dijo: “¡Vámonos a España!”.

Nos escapamos. No le dije a nadie que nos íbamos, ni siquiera al carpintero. Fuimos hasta Tetuán y ahí cogimos un taxi hasta la frontera con Ceuta. Pero antes de cruzar la frontera, nos cogió un policía marroquí. Éramos menores sin papeles… así que nos arrestó y nos metió al calabozo. En la prisión nos pegaron. Si pedías ir al baño, venían y te pegaban. Nos tomaron declaración, pero como no teníamos papeles nos soltaron a los tres.

De ahí fuimos a Tánger, donde pasamos muchas noches durmiendo en un parque en el que se juntaba mucha gente que vivía en la calle y quería cruzar a Europa. Allí apareció el padre del primo de mi amigo, que nos estaba buscando. Se llevó a los dos y yo me quedé solo.

Yo no tenía donde volver. Empecé a trabajar con un pintor y encontré otra pareja, otra persona especial. Con él no fumaba ni bebía. Los problemas de la calle y la noche se acabaron. Intentábamos pasar desapercibidos, pero teníamos miedo… Un día este chico quiso cambiar de oficio, me pidió que le acompañara pero yo no quise. Entonces se acabó. Nos separamos sin problemas. Estuve dos años en Nador, donde encontré otra pareja. Su nombre era Asim. Pasamos buenos tiempos. Nuestra intención era llegar a España y Asim siempre repetía: “que quiero ir, que quiero ir. Tenemos que ir a Europa. Si vamos a Europa podremos vivir más libres, más tranquilos”. Al final conseguimos cruzar a Melilla.

Yo no quería entrar en el CETI porque vivía bien, pero al final sí que entramos. Una noche, durmiendo en la playa, nos cogió la policía y nos llevó al CETI. Pero solo entrábamos a dormir, no vivíamos allí. Nadie me habló en el CETI de la posibilidad de pedir asilo. Creía que solo era es un sitio para dormir y ya está.

Estuve en Melilla más de un año… hasta que, finalmente, pude llegar a Madrid. Asim se quedó en Melilla.

Bienvenido a España

En Madrid, desde CEPAIM me llevaron a una casa con cinco marroquíes. Todo bien, aunque hubiera deseado tener otros compañeros que fueran como yo, porque tenía mucho miedo. Al abogado yo solo le expliqué la etapa de mi hermano, cuando me violó, pero de mi orientación no le dije nada. Me aconsejó que pidiera asilo y, tras realizar la entrevista, me sentí aliviado. Era la primera vez que podía hablar con alguien y que me escuchara. Eran preguntas muy íntimas, pero lo preferí así. Es como que me liberaron de algo que tenía por dentro.

Me derivaron a Burgos. Es una ciudad pequeña y todo el mundo acaba conociéndote. A mí me hubiera gustado estar en un piso con otras personas LGTB porque así me podría comportar como soy y no tendría que hacer esfuerzos. Si no entienden cómo soy, siempre va a haber problemas…

En la primera fase tengo una rutina: me levanto, voy a clases, duermo. En la segunda fase estoy mejor porque conozco a un chico, Mohamed. Ya llevamos tres meses juntos. Mohamed quiere irse a Madrid, porque dice que esto es pequeño. Yo me quiero ir con él. Allí habrá cosas para hacer activismo LGTB y conocer a más gente. En Burgos tengo amigos, pero no saben que soy homosexual.

Gracias a Dios todo ha ido bien, aunque no tengo permiso de trabajo todavía hasta que hable mejor la lengua. Yo quiero trabajar. Quiero estudiar mecánica.

No tengo nostalgia de nadie salvo de mi madre, pero no he vuelto a saber de ella. Soy muy afortunado. Conozco gente que ha vivido vidas mucho peores que la mía. Antes era la ley de la selva y pensaba: “¿cómo me va a ayudar Dios? Si siempre que le pido me da una colleja”. Pero ahora sí pienso que Dios me ha ayudado mucho en mi camino. La vida es dar y recibir. Es así con la gente. La gente muchas veces quiere sacar algo de ti, no es ayuda sincera. Quien me ayuda de verdad es Dios.

Me gustaría quedarme ya en España, tranquilo. Aunque hoy digo España, pero, ¿quién sabe el destino? Ahora no sé el paso que viene después, ni cómo va a ser… Solo Dios lo sabe.

Por Achraf, solicitante de asilo mauritano

La historia de Achraf: cómo sobreponerse a la adversidad

A pesar de las duras situaciones que atraviesa Achraf a lo largo de su vida, una y otra vez consigue sobreponerse a la adversidad. Aunque no contara con el amor y el apoyo incondicional de la familia durante la infancia, el joven mauritano construye a lo largo de su proyecto migratorio varios vínculos afectivos. El establecimiento de estas relaciones constituye un motivo más para seguir, un amor y un apoyo entre iguales que no pudo sentir cuando era niño.

La historia de Achraf nos ayuda a comprender cómo son las vidas y procesos migratorios de muchos niños que huyen de sus hogares por culpa de la violencia y la intolerancia. En su caso, en la República Islámica de Mauritania, la homosexualidad está penalizada con la muerte y está terriblemente considerada por la sociedad. Como niño y como homosexual se vio enfrentado a condiciones aún más duras para poder sobrevivir. Así, Achraf es víctima de una opresión que se ejerce sobre las personas LGTB y sobre las personas migrantes. Pero al mismo tiempo es una persona fuerte y resiliente que ha luchado hasta el último momento para poder llegar a nuestro país.

> Accede al informe de Accem sobre “La situación de las personas solicitantes de protección internacional y refugiadas LGTBI”.

 

Valeria y Camila, exiliadas por amor

Valeria y Camila (nombres ficticios) son una pareja de mujeres lesbianas que tuvieron que abandonar una Venezuela que no les permitía amarse en libertad. Sus voces son también las de todas aquellas personas a las que se les ha negado ser amantes, madres, cabezas de familia por quebrantar las normas establecidas. Sus voces nos permiten conocer las razones de tantas personas refugiadas, obligadas a escapar por querer ser libres para vivir y para amar. 

El amor nos obligó a huir

Valeria y yo nos conocimos hace diez años en Caracas y nos enamoramos. Decidimos empezar una relación casi desde el día en que nos conocimos.

Mi mamá siempre me apoyó con este tema. Con mi familia, por suerte, nunca tuve que ocultar nada. Por parte de la familia de Valeria fue más complicado. Su mamá no lo aceptaba… Cuando estaba embarazada, mentimos y dijimos que Alex había sido con un amigo, que también es gay. Como una pareja de heteros. Y fue como… la única manera en que pudo salir Valeria de casa. Ya cuando nace Alex le contamos a sus papás la verdad. Y la mamá empezó a llevar la situación. Le dio más importancia al nacimiento de Alex.

Entonces Valeria se vino a vivir conmigo. La convivencia fue siempre muy fácil, la de nosotras. Pero fuera de casa, bueno, nos tratábamos como hermanas, como primas. Nunca como pareja.

De aquella estábamos trabajando. Teníamos una vida tranquila. Agradable. Un huerto en la casa, donde teníamos sembrados tomates chiquititos. Ahora extrañamos la naturaleza… podíamos estar tumbadas tranquilamente y de repente ver una pereza o una guacamaya.

Para 2016, cuando Alex tenía 5 años, hacen un cambio en el cole y cambian de profesora a una que, yo digo, era homofóbica. Empieza con ataques al pelo de Alex, porque lo tenía largo, y le decía que parecía una niña. En el salón decía en voz alta a todos los niños: “¿Quiénes llevan el cabello largo, las niñas o los niños?” Y claro, los niños es lo que tú digas. Le hacían sentir mal. Alex llegaba a casa llorando, triste, y entonces vamos al cole a preguntar qué pasa. La profesora se da cuenta de que solo estábamos nosotras dos, de que no hay un papá y nos exige que dónde está… Nosotros le decimos que no tenía papá, que éramos las representantes legales y nos dijo que no iba a aceptar a ese niño en el colegio, que quería que le retiráramos.

En una de esas que el hermano de Valeria fue a llevar a Alex, estaba la profesora con el esposo, que era militar… y la profesora le dice: “Llévate a ese niño, ya he dicho que no lo quiero en el colegio. Termina de cambiarle el sexo, ¿no ves cómo lleva el cabello?”. Y claro, el hermano de Valeria, en cierto modo, se altera. “No lo trates así, es un niño”. Entonces el esposo de la profesora se baja del coche y comienza a golpear al hermano. Le parte el brazo y la mandíbula. Arrancan la moto y la cadena le corta en el pie a Alex, casi le tienen que cortar el tendón de Aquiles. Y ya de ahí fuimos al hospital.

Intentamos poner una denuncia y nos dice el policía: “Yo os recomiendo que, mire, mejor se vayan de aquí, ya sabemos de este caso y no vamos a hacer aquí nada por ustedes”. Y cuando estamos yendo a otro sitio de menores a poner la denuncia, vemos que nos están siguiendo unos camiones. Nos dio miedo y no llegamos a ir. Y cuando volvíamos a casa, nos persiguieron con las motos, echaron tiros al aire gritando: “¡Lesbianas! ¡os vamos a matar!” Todo esto para que no hiciéramos denuncias.

Entonces viajamos a Aruba para intentar que todo se calmara y estuvimos allí como siete u ocho meses, no recuerdo exactamente. Intentamos quedarnos ahí de una manera legal, pero nada, allí no se puede hacer nada de asilo. Y nos tocó regresar a Venezuela.

Alex llevaba diez meses sin ir al cole. Para que fuera al cole tenía que traer los papeles del otro cole donde estudió, pero no querían dárnoslos. Nos dijeron que Alex nunca había estudiado allí. Y nos dimos cuenta de que empezaban otra vez a seguirnos y ya fue como que no… como qué miedo…

Dejamos de salir, estuvimos encerradas mucho tiempo. Y una vez llegaron unas camionetas y entraron a la fuerza en la casa, reventaron la puerta. Y a la abuelita de Valeria la golpearon para que el papá les dijera donde estábamos nosotras, pero el papá no les quiso decir. Y en vista de que revisaron y no estábamos, entonces nosotras pudimos marcharnos por el otro lado… Pero al salir, le dan con la pistola a las bombonas y explota y el papá se quemó todas las piernas, la cara, los brazos… y a la abuela la golpearon muy fuerte y murió al poco tiempo a consecuencia de los golpes. Entonces dijimos: nos tenemos que marchar.

Una nueva vida

Pensamos en España porque mis abuelos son españoles y tengo un primo en España. Ellos me ayudaron a investigar que podía pedir el asilo y el movimiento LGTB, que acá tiene mucho poder, está muy reconocido….

No solicitamos asilo directamente en el aeropuerto. Por miedo. Es la única razón y verdad. Significó una inversión económica muy grande. Yo sí lo pensé, pero… Ya fue acá dentro que logramos hacer la ayuda, entrar dentro del programa. Empezamos con Cruz Roja y me dieron la dirección de Pradillo, para que solicitara una trabajadora social y la información. Expliqué en Pradillo todo el caso. Nos atendieron muy bien, a los tres. Y de ahí nos enviaron al hostal Welcome, tres meses, hasta que nos derivaron a una plaza de acogida con Accem.

En la entrevista de asilo, la verdad no sé, me sentí muy cómoda, muy muy cómoda… fue hasta amena. De hecho, cuando me senté, nos sentimos nerviosas, no sabíamos a qué nos íbamos a enfrentar y la entrevistadora me dijo: “Tranquilízate, vamos a hacer esto como que haya un feedback”. En lo personal me sentí muy bien. Y creo que Valeria te diría lo mismo.

Estuvimos unos meses compartiendo piso con una pareja de ucranianos y un chico solo, que era pana, como decimos en Venezuela, muy amigable. Ahora ya vivimos solas y Alex se siente muy bien, se ha adaptado muchísimo. Creo que eso también nos ayudó mucho y, en cierto modo, sentimos apego y nos sentimos más cómodas en España por esto. Tener dos mamás para él es completamente natural. A todo el mundo le dice que tiene dos mamás. Como si no existe nada más. Él comprende que hay dos mamás, dos papás, mamá y papá…

Yo soy tatuadora, pero aún no tenemos el permiso de trabajo. En un futuro quiero sacarme el certificado para poder entrar en una tienda a tatuar. En eso sí estoy un poco, vamos a decir, triste. No sé qué concepto darle. Porque me dicen que no me pagan el curso de tatuadora. Y con lo que tengo de Venezuela, no vale. Lo que queremos es empezar a trabajar ya. Pero salvando eso, somos una familia libre, en proceso de adaptación. Solo llevamos ocho meses, pero mi mamá y su esposo, que es como mi papá, también han venido. Eso nos da muchas fuerzas. Estamos volviendo a crear una vida en España. Somos otra vez una familia.

Por Camila, refugiada venezolana

Pese a todo, una historia de esperanza

Los prejuicios en torno a la diversidad sexual están muy arraigados en Venezuela, donde son comunes las actitudes de carácter homófobo, a pesar de los avances en materia legislativa en favor de la igualdad y de la lucha contra la discriminación. Venezuela figura en el cuarto lugar en América según el índice de asesinatos de personas LGBTI. Las lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersexuales sufren con frecuencia agresiones físicas y verbales, chantaje, extorsión, persecución y detenciones arbitrarias.

Las solicitudes de asilo por motivos de orientación sexual y/o identidad de género procedentes de países con legislaciones no punitivas y más garantistas, como Venezuela, son examinadas por los instructores con más minuciosidad que las solicitudes emitidas por personas que provienen de países donde la homosexualidad está penalizada, como es el caso de Camerún o Mauritania. Muchas veces la persecución social y la inacción del Estado ante la discriminación son difíciles de demostrar, por eso es muy importante a la hora de evaluar estas peticiones tener en cuenta que la falta de protección estatal ante casos de violencia o situaciones que imposibilitan el acceso a derechos básicos también atentan directamente contra la dignidad de las personas y pueden suponer un motivo de persecución.

La historia de Camila y Valeria nos conecta de nuevo con nuestra naturaleza humana y nos devuelve el reflejo de cualquier familia cercana: una pareja que se quiere y desea lo mejor para su hijo. Dos personas que imploran seguridad, autonomía y libertad.

Muchos de los relatos de las personas migradas forzosamente concuerdan en la nota de esperanza que resuena en sus nuevas vidas. A pesar de las secuelas psicológicas de la discriminación, de la huida, de la re-adaptación forzada a un escenario tan alejado de su lugar natal, se mira al futuro con esperanza. Camila y Valeria son dos mujeres fuertes con un vínculo sólido y una ilusión en común. Son hijas, amantes y madres exiliadas en una tierra que les promete una vida mejor.

 

> Accede al informe de Accem sobre “La situación de las personas solicitantes de protección internacional y refugiadas LGTBI”. 

 

 

Magia en el grupo de mujeres de Sevilla

Reflexión con motivo del 8 de marzo y después de un año de la puesta en marcha de un grupo de mujeres en nuestra sede de Sevilla.

A veces de una “obligación” surge la magia y justo eso, MAGIA, es lo que ha surgido en Sevilla con las mujeres y su grupo.

Todo empezó con una llamada de la sede central que informó de la necesidad de realizar talleres con las mujeres, para las mujeres, y dirigido, en la medida de lo posible, por mujeres. Los talleres eran algo que ya se hacía desde otros servicios, así que por qué no un grupo donde se mezclaran las actividades de ocio con un espacio de encuentro, reencuentro y crecimiento personal. Un lugar para conocerse, respetarse, reírse y compartir.

Y llegó la primera sesión. Dieciocho mujeres, mujeres migrantes, que buscan refugio, que han huido de diferentes tipos de violencias, nueve nacionalidades, cinco idiomas diferentes y muchas ganas de hacer y cooperar. Tras unos minutos titubeantes cogieron las riendas. Contaron sus expectativas sobre el grupo, qué querían hacer y cada cuánto reunirse. La conclusión final de esa primera sesión fue que el grupo era necesario y que había muchas ganas de divertirse, aprender y participar.

Y las sesiones continuaron, continúan y continuarán. Y en cada sesión se crea un espacio y una magia diferente. Hasta el momento se ha hablado de género y de sus dinámicas, se han llenado las barrigas con las meriendas interculturales, se ha bailado sevillanas para poder irnos al Real de la Feria y bailes africanos que han desenredado las entrañas. La autoestima se ha vestido de lunares con los talleres de autoestima flamenca y también se ha sudado la gota gorda con el fitness, también flamenco, que para eso es Andalucía.

Por delante mucho por hacer. Visitas al museo y a la ciudad, talleres de defensa personal, cine-fórum, yoga, relajación, jardinería, costura y baile… las mujeres quieren bailar en un espacio, en la que cada una a su ritmo, sin presiones, ni obligaciones, puedan compartir, reír, sentir… en definitiva dejarse fluir sin ser juzgada.

La experiencia está siendo extraordinariamente positiva, ilusionante y de un valor incuestionable para nuestro crecimiento individual y grupal. La experiencia está siendo MAGIA.

 

Por Silvia Pérez, de Accem en Sevilla.

 

En primera persona. Un espacio para la reflexión sobre nuestras prácticas, sobre las vivencias y experiencias de quienes formamos parte de Accem.

Una experiencia de sensibilización a través de los videojuegos

Accem ha comenzado a experimentar en Vitoria-Gasteiz con una herramienta muy potente para la sensibilización, especialmente con los más jóvenes: los videojuegos.

Fue en el pasado mes de diciembre, en el marco de las actividades del Egibide Eguna en el centro educativo Jesús Obrero de Vitoria-Gasteiz. En lo que significaba la celebración de los 75 años del centro se organizaron todo tipo de actividades lúdicas. El equipo de Accem se encargó de los juegos, tanto los más clásicos como en formato digital. Aprovechando el contexto, se probó con un reducido grupo de alumnos una nueva propuesta formativa y de sensibilización sobre la situación de las personas refugiadas y migrantes a través del videojuego.

Son las seis de la mañana y comienza nuestra jornada en la frontera de Artzovska. Como cada día, nuestro trabajo consiste en revisar los documentos de todos aquellos que acudan a nuestro puesto fronterizo y permitir o denegar el paso en consecuencia. En otro lugar, a miles de kilómetros, un grupo de supervivientes trata de aguantar un día más entre las ruinas de una ciudad sitiada a la espera de la declaración del alto al fuego. En estas dos realidades se sumergieron cuatro alumnos y una alumna de segundo de bachillerato durante dos semanas, experimentando distintas situaciones que miles de personas migrantes y refugiadas enfrentan cada día. ¿Cómo lo hemos conseguido?

 

Tecnologías de la comunicación, videojuegos y educación

La revolución de las tecnologías de la información y la comunicación ha provocado profundos cambios en nuestras formas de interacción. El uso de la tecnología de forma intensiva por parte de nuestros jóvenes, así como la ingente cantidad de información y estímulos que reciben en el día a día, ha vuelto la ya de por sí compleja tarea de mantener la atención y la motivación de los estudiantes, en una empresa casi imposible. A esto se suma la alta tasa de abandono escolar existente en nuestros centros, que evidencia de forma todavía más notoria la necesidad de introducir cambios en las formas en que los profesores imparten el conocimiento a sus alumnos.

Para lograr una mayor atención y motivación por parte del alumnado, se ha venido desarrollando en los últimos años una nueva forma de enseñar, cambiando la figura del profesor como ente trasmisor de conocimientos básicos, a guía de un alumno, en principio, autónomo. El uso de contenidos interactivos, como los videojuegos, puede ser una herramienta de gran utilidad en manos de los docentes para conseguir “enganchar” a los discentes y fomentar en ellos tanto su autonomía, como su nivel de implicación con los contenidos de la asignatura.

El uso de videojuegos como medios educativos no es algo novedoso, pero sí bastante marginal. Seguimos teniendo la visión de los juegos digitales como meros productos de entretenimiento; violentos, sexistas, alienantes y, en general, negativos. No es una visión muy distinta de la que se tuvo del cine o la novela gráfica en un primer momento, aunque ahora sí entendemos el valor y la utilidad de estos medios para transmitir ideas, emociones, sentimientos… Cada medio artístico es capaz de profundizar de distinta manera y en distinta intensidad a través de sus formas propias. Una película o un cuadro nos transmitirán sensaciones de una forma más directa que una novela, que a su vez podrá, si acaso, transmitir emociones de forma más profunda. En el teatro, esta transmisión no solo se produce hacia el público, sino también hacia el propio actor, que siente, piensa y vive lo que siente, piensa y vive su personaje; generando una experiencia compartida entre todos aquellos que interpreten ese personaje.

En los videojuegos realizamos un proceso similar. Tomamos un rol dentro de un mundo preconcebido y lo ejercemos de la forma que nos parezca conveniente; estableciendo un punto medio entre nuestros propios intereses y los del personaje que interpretamos. A través de este proceso también sentimos, pensamos y vivimos lo mismo que nuestro personaje, pudiendo reflexionar sobre nuestras acciones del mismo modo que lo podríamos hacer desde otros medios más “clásicos”.

Bajo este planteamiento desde Accem en Vitoria hemos utilizado dos títulos, “Papers please” y “This War of Mine”, como elemento vehicular desde el que visibilizar las situaciones que atraviesan migrantes y refugiados, empatizar con ellos por medio de estas experiencias compartidas y demostrar el amplio abanico de grises morales que tinta todas estas situaciones. Tras una serie de indicaciones, cuatro estudiantes han redactado un diario de juego en el que reflejan las situaciones qué han enfrentado a través de estos títulos, cómo las han llevado a cabo y los motivos por los que han actuado como lo han hecho. Durante la celebración del Egibide Eguna el día 22 de diciembre los alumnos y alumnas jugaron en directo para explicar a sus compañeros y compañeras en qué consisten los juegos y qué situaciones se le presenta al jugador en ellos.

Agente fronterizo en “Papers please”

En “Papers please” se nos emplaza en el contexto de un agente aduanero de un ficticio país comunista llamado Artsovska en la Navidad de 1982. A nuestro cargo está una familia, cuyos gastos de alquiler, comida y calefacción debemos sufragar si no queremos acabar en la calle o peor aún, perdiendo a alguno de ellos. Nuestro objetivo en el juego es permitir o denegar el paso a las personas que tratan de cruzar la frontera. Ganamos dinero por cada ciudadano al que permitamos el paso, pero se nos multa si dejamos acceder al país a aquellos que no cumplen con las condiciones de acceso. Con estas bases se desarrolla un conflicto constante en el jugador. A nuestra aduana acudirán traficantes que tratarán de sobornarnos, terroristas con los que incluso podremos colaborar, familias cuyo primer miembro ya nos avisa de que el resto de sus cónyuges no cumplen con las condiciones de acceso, pero que suplica que permitamos el paso a su esposa e hijos… Se nos enfrenta a una serie de dudas personales y políticas en las que nunca hay una opción correcta, sino un amplio abanico de grises que consigue revolver nuestras creencias y hacernos reflexionar acerca del significado de la familia, la ideología, el patriotismo y la condición humana.

Extractos de los diarios de los alumnos/as que jugaron a “Papers Please”:

“Tras un inesperado ataque terrorista que se ha llevado la vida suya y de un guardia, (…) el hecho me ha dejado con una inquietud. ¿Qué lleva a un ciudadano a arriesgar su vida por un simple ataque terrorista en la frontera con solo un guardia de víctima? ¿Tanto odio hay hacia Arstotzka?”.

“En el tercer día, los ciudadanos extranjeros debían presentar un ticket de entrada. Me llamó la atención mi precipitación a la hora de marcar los pasaportes, que me hizo una mala jugada. Una prostituta dio primero su visado y después una tarjetita de visita a su prostíbulo. Al no ver el ticket (…), le negué la entrada. Al retirar la tarjeta publicitaria, debajo encuentro el ticket. Un error como este podría, en la vida real, influir mucho en la persona vetada. Los controladores deben ser muy pacientes”.

“He tenido que decidir a qué familiar comprarle medicamentos, ya que no llegaba dinero para todos. Se recurre al principio de troncalidad: mayor importancia a la mujer y al hijo. El tío se queda sin medicina. En la vida real, obviamente, esta decisión habría sido mucho peor”.

“Otro suceso interesante es el de un hombre con los papeles en regla. Al concederle paso, dice que su mujer es la siguiente en la cola y pide que se le deje pasar a ella también. Esta mujer no presenta los requisitos adecuados para el paso, pero explica que es refugiada de su país y si vuelve la matarán. Al haberle dejado pasar también a su marido, aun sabiendo que estaba incumpliendo la normativa, cedo el paso de esta mujer (…). Esta situación SÍ es relevante y posible con los refugiados de hoy en día”.

“Una mujer con sus papeles en orden, al salir, suplica en una nota que no se le deje pasar a un hombre en la cola llamado Dan Ludum. Este señor tiene económicamente esclavizadas a la mujer mencionada y a su hija, y de dejarle pasar a él también las obligaría a prostituirse. Al presentarse más tarde Dan, con papeles adecuados y una invitación a su prostíbulo, le niego el acceso inmediatamente. Lo ”legal” sería haberle dejado pasar, esos asuntos no son de mi incumbencia. Pero lo legal no es siempre moral”.

Superviviente en el sitio de Sarajevo en “This war of mine”

“This war of mine” utiliza el sitio de Sarajevo durante la guerra de Bosnia como contexto. Tomamos el rol de un grupo de supervivientes en mitad del conflicto. Una persona corriente que deberá enfrentar todo tipo de situaciones para poder sobrevivir antes de la llegada del alto al fuego. Durante el día, el jugador tratará de utilizar los escasos recursos que posee para acondicionar la casa para evitar el frío y los robos, preparar comida, fabricar muebles y utensilios… Durante la noche el jugador explorará distintas zonas de la ciudad en busca de recursos. La situación conflictiva que vivimos a través de nuestro protagonista nos hará enfrentarnos a distintas disyuntivas morales. ¿Compartiremos la escasa comida que tenemos con el niño que llama a nuestra puerta? ¿Acudiremos al hospital o nos arriesgaremos a enfermar más gravemente por buscar algo de alimento? ¿Robaremos a nuestros vecinos ancianos o nos arriesgaremos a entrar en la base militar para tratar de conseguir medicinas? La respuesta no será nunca correcta y siempre tendremos que cavilar entre el nivel de riesgo físico y de deshumanización. ¿Estaríamos dispuestos a hacer cualquier cosa para sobrevivir?

Extractos de los diarios de los alumnos/as que jugaron a “This war of mine”:

“El tercer día vino un hombre herido buscando ayuda, y decidí ofrecérsela, ya que pensé en que tal vez la necesitaría yo en algún momento. Esto suponía un miembro menos en la casa, y por lo tanto más trabajo que repartir entre dos personas. Aquí es cuando me di cuenta de que si tan solo estuviese con un jugador, probablemente ya estaría muerta”.

“En las noches del tercer y cuarto día conseguí algo de alimento, pero seguía sin ser suficiente. Por lo que la noche del quinto día decidí arriesgarme e ir a otro edificio, con más protección, a ver si con un poco de suerte conseguía más comida. Una mala decisión. Entrar en ese edificio sin munición supuso la muerte de uno de los miembros del grupo, Pavle. En la biografía de Bruno del día siguiente aparecía escrito: “La estupidez es letal”.

“Me volvieron a asaltar la noche del décimo día (y con esta ya iban 3), dejándome casi sin materiales ni objetos de cambio. Además, en las búsquedas que realizaba, todos con quienes me encontraba me atacaban o si estaban dispuestos a hacer un trueque, pedían gran cantidad de cosas a cambio”.

“El hambre, sumado a la depresión, hicieron que un segundo miembro del grupo cayese; en este caso Katia, suicidada el día 12. Luego por razones que desconozco, Bruno, el último superviviente, ya no avanzaba. (…) al día siguiente Bruno había muerto”.

“Ahora ya sé qué debería hacer para poder sobrevivir más tiempo; la comida es crucial y me dedicaría a llenar las reservas primero. Bueno, si estuviese ahí en la vida real, probablemente habría actuado de forma diferente, ya que el hambre me obligaría a buscar alimentos antes de seguir con cualquier otra actividad”.

 

Conclusiones de esta experiencia educativa

A la vista de las reflexiones de los estudiantes se evidencia el potencial como elemento de sensibilización de estas actividades. Además, a diferencia de como sucede en un taller de sensibilización, la decisión de atender recae en la propia persona, por lo que su nivel de implicación ya es, de base, mayor que si se encuentra en el aula. La autonomía en la actividad también es positiva, tanto en el desarrollo personal de propio alumno o alumna, como por la libertad a la hora reflexionar del estudiante, sin encorsetar dicha reflexión al contenido de una asignatura en particular.

Todos los alumnos valoraron positivamente la actividad, argumentado lo beneficioso de este tipo de experiencias para profundizar en conceptos que, aunque tratados desde otras asignaturas o las tutorías, tienen mayor penetración utilizando este tipo de herramientas. Si en las aulas la reflexión viene tras un análisis teórico, a través de experiencias digitales, la reflexión surge de una experiencia práctica que, aunque simulada, sumerge al estudiante en la cuestión. Del mismo modo que en la actualidad nos enfrentamos a nuevos conflictos y situaciones, que requerirán de nuevas soluciones, también tenemos que innovar y adaptar las formas en que tratamos de acercar estas realidades.

 

Por Pablo González de Garibay, de Accem en Vitoria-Gasteiz.

 

En primera persona. Un espacio para la reflexión sobre nuestras prácticas, sobre las vivencias y experiencias de quienes formamos parte de Accem.