Londres2017: Mo Farah, refugiado, leyenda y extraterrestre

Mohammed ‘Mo’ Farah volvió a hacerlo. El pasado viernes 4 de agosto acabó con la conjura de todos sus rivales ansiosos por batirle y volvió a proclamarse en Londres campeón del mundo de la prueba reina del fondo, con permiso del maratón, los 10.000 metros.

Una rutina de medallas de oro y títulos europeos, mundiales y olímpicos en la que vive desde el año 2010 en el deporte por antonomasia, el atletismo, en el que se trata de correr más rápido, saltar más (a lo largo o a lo alto) y lanzar más lejos, el deporte en estado puro, al que se referían, allá por 1896, en la inauguración en Atenas de los primeros Juegos Olímpicos de la historia moderna, las célebres palabras del barón Pierre de Coubertin: Citius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte).

En una prueba dominada de forma aplastante por los atletas africanos en los últimos 30 años, y particularmente por los deportistas etíopes y kenianos, Mo Farah encadenó en Londres su tercer campeonato mundial consecutivo, títulos que se entrelazan con sus flamantes medallas de oro en los Juegos de Río de Janeiro (2016) y, de nuevo, Londres (2012). Sin hablar ahora de su análogo dominio en la hermana pequeña de la prueba, los 5.000.

Mo Farah, nacido en Mogadiscio (Somalia) en el año 1983, corre defendiendo los colores de la bandera del Reino Unido y no los de su país de origen. Es por esto por lo que hablamos hoy de él en la web de Accem.

Con solo ocho años de edad, Mo Farah tuvo que dejar su país, Somalia, como refugiado, ante el progresivo deterioro de las condiciones de vida y la inseguridad creciente que se vivía en su capital, Mogadiscio, con cada vez más frecuentes asesinatos y secuestros. Desde principios de los 90, este país del Cuerno de África ha vivido entre un conflicto armado casi permanente y la total falta de garantías para vivir una vida digna. Cientos de miles de personas han muerto y se han exiliado desde entonces.

Farah escapó primero al vecino Djibouti y después al Reino Unido, para establecerse en Londres con su padre y dos de sus hermanos. Su padre, según recogía en 2010 un reportaje del diario británico The Independent, había nacido y había sido criado allí, lo que facilitó que Farah pudiera refugiarse en Inglaterra escapando del caos en el que se sumergía su Somalia natal.

Su historia desde entonces se ha contado muchas veces. Fue un profesor de educación física llamado Alan Waltkinson quien se fijó en las aptitudes del joven refugiado. Mo Farah comenzó dedicándose al cross hasta progresivamente instalarse en las dos pruebas de las que ha sido el gran dominador en los últimos años, los 5.000 y los 10.000 metros.

Hoy en día Mohamed Farah es la estrella indiscutible del atletismo británico, hasta el punto de haber sido nombrado Caballero de la Orden del Imperio Británico por la reina Isabel II en el pasado mes de diciembre en una ceremonia en la que el corredor de fondo compartió honor con el tenista escocés Andy Murray.

No todos los refugiados podrán correr tan rápido como Mo Farah y contar una historia de éxito rotundo como el atleta de origen somalí. Tampoco hace falta. Su caso es excepcional. Lo que no es excepcional es la historia de una persona refugiada escapando del horror, del riesgo para su vida, de la inseguridad, y buscando, llena de esperanzas, una vida mejor, en la que conseguir sus sueños, en las que crecer y desarrollarse y aportar su valor y sus capacidades a la sociedad a la que llega. En esto la vida de Mo Farah no es sino la vida de un refugiado más.

También, como tantas personas refugiadas en el mundo, se ha visto enfrentado, más tarde, incluso mucho más tarde, a obstáculos complicados, como el estigma y la incomprensión, porque lamentablemente las dificultades para una persona refugiada no terminan con su llegada a un lugar seguro de acogida.

Desde el año 2011 Mo Farah vive en los Estados Unidos con su esposa y sus cuatro hijos. El pasado mes de enero, el presidente electo de este país, Donald Trump, firmaba el decreto por el que declaraba proscritas a las personas nacionales de siete países, entre los que se encontraba Somalia, a quienes prohibía la entrada al país.

Mo Farah en ese momento se encontraba fuera de los EE.UU., entrenando en altura en Etiopía. Su reacción fue inmediata, a través de su página de Facebook y tal y como recogieron numerosos medios de comunicación. Preocupado por su situación, y por la de tantas personas como él, quiso manifestarse y expresar:

“Soy ciudadano británico y vivo en los Estados Unidos desde hace seis años, trabajando duramente, contribuyendo a la sociedad, pagando mis impuestos y criando a nuestros cuatro hijos en el lugar que ellos llaman hogar. Ahora a mí y a otros muchos como yo nos están diciendo que no seremos bienvenidos. Es profundamente preocupante que yo pueda tener que decir a mis hijos que papá quizás no pueda volver a casa para explicar por qué el presidente ha introducido una política que nace de la ignorancia y el prejuicio”.

“Fui bienvenido en Gran Bretaña desde Somalia a los ocho años de edad y me dieron la oportunidad de triunfar y realizar mis sueños. Estoy orgulloso de representar a mi país, de ganar medallas para el pueblo británico y del honor más grande de ser nombrado caballero. Mi historia es un ejemplo de lo que puede suceder cuando se ponen en marcha políticas de compasión y comprensión y no de odio y aislamiento”.

“El 1 de enero de este año Su Majestad la Reina me hizo caballero del reino. El 27 de enero, el presidente Donald Trump parece que me ha convertido en un extraterrestre”.

Refugiado, leyenda del atletismo y sí, extraterrestre parece, pero superando carrera tras carrera a todos sus rivales a toda velocidad, después de llevar diez kilómetros corriendo.

 

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